La razón de los amantes - Extractos
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Siempre hay una primera vez para todo, incluso para experimentar las sensaciones más temidas y anheladas.
Del Teatro Municipal de Santiago sólo tiene un vago recuerdo de infancia, cuando sus padres la llevaban al ballet.
En esta ocasión asistirá a la ópera. El banco donde trabaja su marido ofrece la gala anual para agasajar a clientes y autoridades. Se siente abrumada por sus deseos de verse bien y estar a la altura de las circunstancias.
No ha dejado ningún detalle al azar: se hizo un tratamiento facial, también la manicura, se peinó con un peluquero de renombre, del clóset de su hermana tomó prestado un vestido de fiesta y compró un par de zapatos cuyo precio excedía cualquier idea de moderación.
La pequeña cartera de Strass será la única prenda habitual que tendrá el privilegio de acompañarla.
Sin embargo, no ha logrado entusiasmar a Manuel con la perspectiva de este verdadero estreno social.
Sus consejos:«Córtate el pelo», «deberías comprarte un traje nuevo» o «cómo vas a ir con esos zapatos», no han sido escuchados. Él parece no apreciar el honor de ser invitado por primera vez como el miembro más reciente de la plana mayor del banco.
La tarde de la gala, Manuel regresa a su casa más temprano que de costumbre. Viven en un duodécimo piso, con vista a la calle Alcántara y a la cordillera. Eledificio es uno más de los tantos que se han levantado en ese barrio en los últimos diez años, aplastando a su paso el anterior señorío de sus calles arboladas.
Cada día al cruzar la recepción y saludar al conserje, o mientras sube en el ascensor, o incluso cuando se dispone a abrir la puerta del 1203, respira un aire de provisionalidad que nunca experimentó en su casa de infancia: los departamentos son fáciles de habitar como también fáciles de abandonar; raro es el día en que no hay un camión de mudanza en la cuadra, a la espera de una familia que llega o se va o se desintegra. La desagradable idea de vivir en ese entorno sin raíces, sin nada que lo distinga de los miles que se hallan en las mismas condiciones, es compensada por Martina que sale a recibirlo con un gritito de júbilo.
—¡Llegaste temprano!
—Vine a buscar a tu mamá para ir al teatro —deja el maletín y la toma en brazos, subyugado de manera instantánea por la dulzura de su hija. Es una niña tranquila y dócil, de una madurez inesperada para sus siete años de edad.
—Está en el baño. No me deja entrar —balbucea con la mirada baja.
—¿No te deja entrar? —pregunta Manuel, simulando una expresión de molestia.
—Dice que no la dejo tranquila.
—Entonces —la pone de nuevo sobre sus pies—, vamos juntos a darle un beso.
Camino al dormitorio, Manuel intenta moderar sus emociones. No desea entrar al cuarto embargado por la alegría que le brinda su hija y verse expuesto al estado de alarma general que de seguro reina en el interior.
—Llegaste, ya era hora —exclama Laura, viniendo hacia él—. Ayúdame con esta pulsera.
Manuel se queda mirándola. Su vitalidad, marcada por los pasos con que cruza la habitación, contrasta con las formas inertes a su alrededor. El cubrecama, el tapiz del sofá y las cortinas a juego en azul y blanco, resultan ser un pobre efecto escenográfico. Su rostro y su figura no se han rendido aún a los desarreglos de la edad, como si la belleza de sus años jóvenes se resistiera a dejarla para siempre. Quizás el único indicio del paso del tiempo sea la fijación de la ansiedad en su mirada.
—Estás preciosa —dice, motivado por el aura lozana que la envuelve. Admira la blancura de su rostro, sus facciones finas, el pelo negro, brillante y espeso, el mismo que le gusta tomar en sus manos para hacerlo crujir y para olerlo.
—¿Sí? —Laura deja escapar una sonrisa. El destello en la mirada de Manuel la ha tomado desprevenida.
—Déjame verte —recibe la pulsera con una mano y con la otra hace girar a su mujer sobre sí misma—. Vamos a cenar después de la ópera. ¿Quieres salir conmigo esta noche?
—Ay, Manuel, no te pongas romántico —replica desdeñosa.
Traiciona el interés que la invitación ha despertado en ella, sin saber por qué.
—¿Puedo ir? —pregunta Martina, un metro más abajo del plano de las miradas.
—Hoy tenemos una cita con tu mamá. El fin de semana vamos a salir tú y yo solos —promete, al tiempo que logra cerrar el broche de la pulsera.
—¿Y dónde me vas a llevar?
—Voy a terminar de arreglarme —anuncia Laura, y se separa de ellos.
—Donde quieras.
—Mmm, tengo que pensarlo —dice la niña, teatralizando su duda con un giro de sus caderas.
La voz de Laura llega amplificada desde el baño:
—Manuel, cámbiate de una vez o llegaremos tarde. Es una voz rasposa, cuya resonancia no se condice
con un cuerpo pequeño como el suyo. Fue el primer atributo que atrajo su atención al conocerla.
—Voy a ir así.
—¿Cómo? —exclama ella, asomándose a la puerta
mientras lidia esta vez con un aro—. ¿Así? ¿Te volviste loco? Ese traje está arrugado. Ponte el azul y una camisa nueva. No deben verte vestido igual que en la oficina.
—Soy el único que viene a buscar a su mujer y tú me retas. Los demás se van directo al teatro. Nadie se va a fijar en cómo estoy vestido.
—O te cambias o no vamos a ninguna parte.
—No es para tanto.
—Para mí lo es. Yo misma planché el traje azul. Así de importante es.
La mujer vuelve a sus afanes en el baño, segura de que Manuel obedecerá.
Minutos más tarde se encuentran frente al espejo: él se anuda la corbata y Laura se da los últimos toques de
maquillaje. El piropo ha tenido en ella el efecto de un reproche. Hace tiempo que no se detiene en los atractivos de su marido. Simula empolvarse las mejillas para observarlo sin que él lo note. Si bien no responde a ningún patrón de belleza, ni por altura ni por complexión ni por colorido, desde la primera vez que lo vio ha pensado que hay algo adorable en su rostro de mejillas llenas y perfil suave, los ojos achinados tal vez, o la nariz respingona. Tampoco es un hombre alto, pero el ancho de sus hombros le confiere una buena figura. Su observación no toma más que unos segundos hasta que su mente vuelve a orientarse hacia la gala.
Desecha la idea de Manuel de ir en metro: si él no quiere manejar, irán en taxi. El viaje en medio del tráfico de la tarde no resulta placentero. En cada semáforo, en cada atasco, algo de su lozanía se esfuma sin remedio.
Cuando por fin el taxi se detiene frente al teatro, se ve obligada a reunir las fuerzas de su ánimo para bajarse de él como si abandonara los cómodos asientos de alguno de los autos lujosos que se pelean por un lugar.
Manuel viene hasta ella con su andar de niño y con una leve presión de su mano en la espalda, la invita a avanzar hacia los portales. En la plazoleta impera un reconfortante bullicio, mientras la gente se regocija con el último sol de la tarde. La mirada de Laura se detiene en una mujer ataviada con una boina de terciopelo.
Parece estar a la espera de su acompañante para la función.
Por sobre el obvio propósito de adoptar un aire europeo, la mujer proyecta una seguridad que a Laura se le escapa. Sus ojos se alejan de la incómoda visión y se posan sobre un hombre de rostro congestionado. Se contiene para no gritarle a su interlocutor en el teléfono celular. Con sus giros regulares en torno a la tosca estatua de un ex alcalde de la ciudad, da la impresión de ser un guardián de caricatura. No faltan quienes piden limosna, en especial mujeres y niños, en una mezcla insólita con los paparazzi de aspecto desmañado que se mueven sin convicción cerca de la puerta de entrada.Este es el único punto que hiere la vanidad de Laura:
ninguno muestra interés por retratarla.
La llegada en taxi no es precisamente glamorosa, piensa a modo de justificación. Pero no deja de cuestionarse si no hay nada en ella que despierte la curiosidad de al menos uno entre la docena de fotógrafos. Una vez que ingresan al foyer de losas blancas y negras, dan inicio a una sucesión de saludos. El desaliento de Laura se disipa. La oligarquía chilena se halla reunida:
rostros reconocibles, personajes que han alimentado sus fantasías de pertenencia y poder. Manuel va a la zaga sin concentrarse en quienes saluda, distraído por la fealdad de ciertas visiones:
las columnas pretenciosas, la lámpara de lágrimas de dudoso gusto, mujeres maquilladas en exceso, los dientes sucios de un hombre que en ese minuto le suelta una frase de cortesía. Sin proponérselo, como si una corriente imperceptible fluyera en esa dirección, desembocan frente al gerente general y al presidente del banco, quienes los reciben acompañados de sus esposas y del director del teatro. Laura despliega una sonrisa plácida, deseosa de ocultar cualquier brote de ansiedad. Pertenece a ese mundo desde la cuna y su ausencia de él por un largo tiempo no significa que haya perdido el tacto y las buenas maneras. Enseguida saludan a Esteban Aresti, el jefe de Manuel, gerente comercial del banco. Ha venido sin su mujer. Con su risa oscilante, como si le agradara, les explica que una gripe repentina la ha dejado postrada en cama. Y sin mediar disculpa, les da la espalda para saludar a otro invitado. Durante veinte minutos no tienen respiro. Para Laura es una grata sorpresa constatar el cariño y la atención que los clientes brindan a Manuel. Uno de ellos, un hombre de porte distinguido, se acerca y le dice con entusiasmo:
—Qué bueno verte por aquí. Al menos un tipo normal entre tanto vejete grave.
—Te presento a Laura, mi mujer. Manuel le estrecha la mano y se aparta.
—¿Tienes mujer? —exclama, estudiándola con la mirada—.
Hola, ¿cómo estás? Soy Diego. Tu marido no usa la argolla en la oficina. Deberías obligarlo.
—Ni él ni yo usamos argolla —replica, contenta de tener la atención exclusiva de alguien, aunque sea para
mantener una plática insustancial—. Es anticuado, ¿no le parece?
—Tutéame, por favor, si me tratas de usted me voy a sentir como uno de estos dinosaurios. Y estoy de acuerdo
contigo, casarse ya es suficiente sacrificio.
—¿Sacrificio? Hasta ahora para mí ha sido de lo más agradable.
—No puedo imaginarme casado, soy demasiado mañoso.
—Los hombres que le tienen miedo al matrimonio le echan la culpa a sus mañas.
—Puedo ser la excepción.
—No creo, siempre dan la misma excusa.
Manuel advierte complacido la simpatía que brota entre Laura y su nuevo amigo. Se ha encontrado con Diego Lira en tres ocasiones durante la semana. Sin darse cuenta han pasado de las formalidades al inicio de una amistad. La llave ha sido el buen humor. Se rieron en la primera reunión de algún asunto sin importancia y ya en la segunda se sintieron en confianza para dar rienda suelta a lo que Manuel considera una virtud imprescindible, difícil de encontrar entre sus compañeros de trabajo. Por lo común son gente aburrida, de un humor burdo, como es el caso del gerente general, quien lee chistes recibidos por correo electrónico en las reuniones informales de la plana mayor. Su falta de talento humorístico llega al extremo de declararse orgulloso de pertenecer a un «club de chistes». Peor aún es el humor procaz que surge de manera espontánea en las reuniones a las que sólo asisten hombres. Siempre hay alguien dispuesto a iniciar los ritos de esa rara forma de fraternidad. Estos pensamientos, tan vívidos por unos instantes, se extinguen a medida que la voz de Diego
toma cuerpo en sus oídos:
—Aquí viene ese senador maldito que no me deja en paz —e, inclinándose hacia ellos, añade en voz
baja—:Hay políticos que todavía creen que la prensa independiente es un escándalo. Mejor no lo escuchen, es veneno para el oído. Se aparta en dos zancadas y con fingido entusiasmo recibe el aparatoso saludo del parlamentario.
—Qué tipo tan especial. ¿Lo conoces hace tiempo?
—pregunta Laura, siguiéndolo con la mirada.
—Lo conocí esta semana. Quiere pedir un crédito.
Es abogado… Tiene un diario en Internet. Dicen que es el primero en salir con las noticias de tribunales y del Congreso.
—Simpático… Un poco irreverente, eso sí. Al menos con nosotros, porque con el senador… Mira, lo escucha
como si fuera el Papa. Laura hubiera deseado seguir junto a él y contar con más tiempo para el estudio de sus atractivas facciones, aunque también su contrariedad se debe a que no fue presentada al senador. Los padres de Laura pertenecían a un mundo brillante, constituido por abogados de prestigio junto a sus esposas, mujeres educadas para cumplir con ese papel a la perfección. Su madre era una dueña de casa de gustos refinados y su padre llegó a ser socio de uno de los estudios con mayor prestigio en la ciudad. Alcanzaron su esplendor durante los primeros años de la dictadura. Ese mundo se hizo trizas cuando él murió de un ataque al corazón antes de cumplir los cuarenta años. Laura todavía era una niña. Y si bien Gabriel Ortúzar había amasado una pequeña fortuna, ésta resultó insuficiente para sostener el nivel de vida al que su madre estaba acostumbrada. En los primeros tiempos, la viuda se mostró reacia a abandonar su pasar dispendioso, hasta que la recesión de 1982 jibarizó sus inversiones al punto de hacerla pensar que estaba en bancarrota, sobre todo por tratarse de una mujer sin la menor intención de trabajar un solo día del resto de su vida. Obligada a dejar la casona de la calle Málaga, se mudó junto a sus hijas a un modesto departamento ubicado en Pedro de Valdivia con Las Violetas. En él vivió Laura hasta el día de su matrimonio. De la antigua abundancia sólo pudo conservar su educación en el Villa María Academy, gracias a una beca de las monjas. Se ha preguntado más de una vez si fue una buena idea permanecer en un colegio para ricos, cuando ella no podía llevar la misma vida que sus compañeras. La mayoría iba a esquiar durante los fines de semana de invierno, o bien se reunía en Cachagua y Zapallar durante los veranos. La única posibilidad de permanecer entre sus amigas era que alguna de ellas la invitara a pasar unos días a su casa. Tuvo la suerte sin embargo de encontrar una forma de compensación. El equipo de atletismo del colegio luchaba por el primer lugar en los torneos interescolares y sus campeonas recibían el beneplácito de las monjas y la admiración de sus compañeras. Dada su baja estatura, durante los primeros años el entrenador juzgó que Laura no tenía posibilidades de participar en ninguna prueba: en velocidad le faltaban piernas; en fondo, resistencia, y para las pruebas de campo su físico dejaba bastante que desear al compararlo con los de sus eternas rivales del Santiago College y del Colegio Alemán. Un día se detuvo a estudiar a sus compañeras más espigadas en su lucha contra una insuperable barra de salto alto. El impecable estilo Fosbury que habían aprendido con tanto esfuerzo no parecía ayudarlas. Pidió permiso para saltar, midió sus pasos yse lanzó en carrera. Una vez en el aire se recogió sobre sí misma en un ovillo y sobrepasó la barra sin problemas.Compitió en el campeonato del fin de semana, obtuvo el segundo lugar y en las postrimerías de la temporada batió el récord de la categoría infantil. El entrenador no tuvo otra alternativa que resignarse a su falta de estilo. A partir de entonces fue la campeona indiscutida del salto alto. Quizá fuese el instinto de lanzarse a las cosas sin mayor preparación ni elegancia, la lección que mejor aprendió en su paso por el colegio.
Un desplazamiento general hace evidente que ha llegado la hora de ingresar a la sala de conciertos. Comprueban con satisfacción que sus asientos están ubicados en uno de los palcos frontales del segundo piso, junto a otros ejecutivos y clientes de importancia. En el palco central toma su lugar uno de los candidatos a la presidencia, representante de la centro-izquierda, al tiempo que dos guardias de seguridad se cuadran junto a la puerta. Las voces ascienden desde la platea y cientos de cabezas se distribuyen a lo largo y ancho de ella. Laura se siente llevada en andas por la excitación y le brinda a su esposo una mirada de agradecimiento, mientras él hace un barrido en busca de Diego Lira. Lo encuentra de pie en uno de los palcos laterales del primer piso. Está inclinado hacia una mujer mayor de perfil clásico que permanece sentada. Manuel cree reconocerla, es la nueva directora del banco, la primera mujer en un directorio del mercado financiero. Nota que ambos gozan del intercambio de frases. Ella parece celebrar cada una de las ocurrencias con un estremecimiento de su cuerpo.
A Manuel le sorprende la soltura de Diego para estar con el más humilde de los invitados, como se considera a sí mismo, y con una de las más conspicuas, y desplegar la misma simpatía y espontaneidad. Estima que su modo vehemente de hablar, la dosis de intimidad que agrega a sus palabras y la total atención que presta a su interlocutor, crean una atmósfera de confianza instantánea. Sigue sus movimientos hasta que las luces se extinguen y la orquesta acalla sus ensayos. Antes de perderlo de vista por completo, lo observa tomar asiento y cortar los hilos que había tejido hacia sus compañeros de palco. El telón se abre y la tenue luminosidad proveniente del escenario vuelve a perfilar las facciones de su rostro. Algo en ellas perturba a Manuel: toda simpatía se ha desvanecido y parecen proyectar una profunda soledad. Esa noche se representa Tosca. La escenografía de una iglesia romana con sus ornamentos: capillas laterales,cancelas de hierro, pisos marmóreos y cortinas de terciopelo,colman las impresiones de Laura. A su lado, Manuel hace el intento de descifrar qué aroma antiguo y acogedor es el que poco a poco invade el aire. Tal vez se trate del perfume de una de las señoras encopetadas del palco adyacente, pero cree que llega desde más lejos y que no tiene las características propias de un perfume femenino. Una vez despierta la inquietud de su olfato, no le presta atención a las primeras frases que entona el sacristán y no descansa hasta dar con un incensario que cuelga en una de las capillas laterales. Despide su característica nubecilla de humo. Para él es más importante ese detalle de la escenografía que cualquiera de las esculturas de cartón piedra que intentan engañar el ojo del espectador. Enseguida viene el aria Recòndita Armonía y Manuel se deja llevar por la música. Un placer difuso se apodera de él y se abstrae de cuanto lo rodea. Laura experimenta otro tipo de placer. Se siente acogida, miembro de una cofradía de personas cultas y refinadas. La penumbra despierta en ella una especie de intimidad con los demás asistentes, al punto de imaginar una multitudinaria reunión familiar en torno al fuego encendido que representa el escenario. Terminado el primer acto, se apresura a bajar al foyer. Desea avanzar más rápido que la velocidad adquirida por quienes ocupan las escaleras, perpetrando a su paso más de una descortesía. Manuel viene tras ella. Avanzan hasta el centro del gran salón y toman una copa de champagne de una bandeja que parece levitar entre la gente.
—Ahí está Ricardo Lagos —exclama con su voz profunda, que Manuel distingue claramente entre el murmullo general—. No vayas a pensar que me emociona la idea, ninguno de estos socialistas renovados me gusta, pero nunca creí que estaría tan cerca de un candidato a presidente.
Las elecciones de ese año, el último del milenio, tendrán lugar en diciembre, fecha para la que sólo faltan dos meses. Ha sido una campaña apasionada. El socialismo y el agnosticismo de Lagos, enfrentados a la pertenencia de Joaquín Lavín, el candidato de derecha, al Opus Dei, han causado una mayor polarización.
—Está hablando con el dueño de la naviera, que es momio hasta la médula.
—Yo también soy momia hasta la médula.
—Cuando te conocí no se te notaba tanto. Ahora me das un poco de vergüenza —dice él con una sonrisa cariñosa.
—¿Y tú? Tan progresista que te has vuelto. ¿Por qué no vas a saludarlo?
—Es un gran político, no puedes negarlo. En persona se ve más gordo que en la televisión. Fíjate, no pueden acercarse más con el señor de los barcos. Cuál es más panzón que el otro.
—Deben pasársela en comilonas.
—En persona se ven mansitos.
—¿Mansitos? Yo creo que si uno les habla, te rugen.
Se ríen y continúan su estudio de la audiencia. Cuando están a punto de orientar sus dardos hacia otro grupo de personalidades, ven a Diego Lira aproximarse:
—Ustedes lo están pasando bien, se nota desde lejos…
Los demás tienen un gesto agrio en la cara.
—Yo veo sólo sonrisas —observa Manuel.
—No hay uno sólo que no tenga alguna oscura intención.
Excepto nuestro querido candidato —dice, indicando hacia Lagos con la copa que tiene en la mano.
—¿Hablar con el señor de los barcos le divierte? —pregunta Laura.
—¿A él? ¡Es un banquete! Se echa los momios a la boca como si fueran canapés.
Laura se ríe para sus adentros y advierte levantando el mentón:
—Yo fui pinochetista y voy a votar por Lavín.
—No me habías dicho que tu mujer, aparte de bonita, era peligrosa —le suelta a Manuel—. Ni siquiera me
dijiste que eras casado.
—Para ser director de un diario eres bastante prejuicioso
—interviene ella.
—¿No cuento siquiera con un poco de solidaridad masculina? —ruega, abriendo las manos—. Dime al menos qué hace tu mujer
—desvía hacia ella la mirada rebosante de ironía y pregunta—: ¿Trabajas en Libertad y Desarrollo? —refiriéndose al
centro de estudios de derecha.
—No, aunque no me molestaría hacerlo —declara Laura, respondiendo de manera involuntaria a la sonrisa.
Se pone seria de inmediato. No desea que Diego la tome por una rival de poca monta. Enseguida, agrega—: Estudié Historia, leo y edito libros de crónica para una editorial.
Manuel se muestra comprensivo ante la importancia que Laura confiere a sus esporádicas colaboraciones en la editorial de una universidad privada.
—Es un desperdicio para la derecha —acota Lira sardónico.
—Un desperdicio es que a tu edad un hombre buen mozo como tú esté soltero.
De los labios de Diego Lira no brota una respuesta que sostenga el ritmo de la conversación.
—Tengo treinta y cuatro años —dice al cabo.
—Dos más que nosotros. ¿Y se puede saber qué has hecho para no casarte?
Mientras ausculta el rostro interrogante de Laura,Diego parece llegar a una decisión al decir:
—Hay varias maneras de contestar a esa pregunta, desde una evasiva hasta una insolencia.
—¿Y cuál es mi respuesta?
—Ninguna. Cuando alguien se mete en lo que no le incumbe, casi siempre es su problema, no el mío.
Laura sonríe para no acusar el golpe. Nada la ofende más que la traten de entrometida, sabe que puede pecar de ello, pero no se siente derrotada. El reproche significa que lo ha herido y esa convicción la ayuda a recomponerse. Manuel desea que el espectáculo que ambos brindan continúe. Forman un par de buenos comediantes. La diferencia de altura, el juego de las voces y las personalidades dan realce a la representación.
—¿Quieres cenar con nosotros después de la ópera?
—le pregunta a Diego.
—Manuel, van a ser las once cuando salgamos —dice Laura, anticipando una negativa. No quiere parecer
ansiosa.
—Encantado —acepta Diego—. ¿Les gustaría ir al Da Carla? Está aquí cerca, a veces van los cantantes.
Mientras regresan a sus asientos, Diego Lira crece en las mentes de Laura y Manuel. Ella ha experimentado cierto placer al desafiarlo y desea alimentar el juego y la tensión. Los amplios ademanes de Lira, acentuados por unas manos grandes y bien dibujadas, han cautivado su interés. En otro registro, la alegría de Manuel se ve empañada por un brote de urgencia. Diego Lira tiene las cualidades para convertirse en el amigo anhelado desde hace años. En el banco, donde trabaja desde que se graduó, aparte de una débil complicidad con Aresti, su jefe, no ha encontrado a nadie interesante con quien hablar. También ha perdido sus amistades del colegio y de la universidad. Laura no es una persona de trato fácil, en especial con las mujeres. Su manera de ser directa y competitiva despierta animosidades entre las esposas de sus conocidos —no tiene amigas aparte de su hermana— y tampoco deja indiferente a los hombres, que se sienten amenazados por esta mujer que no usa el disfraz de la dulzura. Él conocía el carácter de Laura cuando se casaron. No hubo engaño. Ha llegado a pensar que su matrimonio fue un subterfugio para apartarse de un mundo que no lo satisfacía. Detestaba las conversaciones triviales, las ceremonias de bautizos y matrimonios, la minucia de la vida cotidiana, las pláticas acerca de los niños y sus colegios; en fin, la metódica ingeniería burguesa que iba encauzando las vidas de su generación en una fila india, con el purgatorio como último destino. No quiso ser una víctima más.
Le atraen las relaciones apasionadas, no el simple conformismo de brindarse seguridad y compañía. A Manuel le gusta la temeridad de su mujer. Es más, lo excita, lo hace sentir poderoso. Nadie se mete con Laura, ni el más osado, pero tiene conciencia de que lo ha absorbido por completo. No está solo, ella le da la compañía indispensable: lo hace parte de su intimidad, lo escucha con atención, está alerta a sus necesidades, dispuesta a examinar las visiones de cada uno acerca de los más diversos asuntos. Pero Manuel ha perdido sus espacios de independencia, incluso a veces se pregunta si en el camino no ha extraviado los rasgos distintivos de su personalidad.
Requiere de la compañía de un hombre y Diego Lira es el primero en interesarle en años. Ese agradable pensamiento lo acompaña cuando el gran bureau de Scarpia, escenario del segundo acto, se llena de canto y movimiento.