La razón de los amantes - Comentarios críticos
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Diario La Nación, 17 de agosto de 2007
Artemio Echegoyen
Más precisa y nítida que su anterior novela -”Madre que estás en los cielos”-, más económica en su desarrollo, más acabada, “La razón de los amantes” confirma a Pablo Simonetti (1961) como un narrador crecientemente eficaz, moderno en su visión de los conflictos amorosos y su entorno social. En estas páginas resuena el eco de dos excelentes relatos suyos, del libro “Vidas vulnerables”: un eco de velocidad y angustia, de malentendidos, egoísmo y traición.
“La razón de los amantes” tiene del cuento “Santa Lucía” el vértigo de un hombre que descubre -o confirma- su homosexualidad y se ve impulsado a una cadena de actos que, por las circunstancias (está casado, tiene hija), constituyen algo así como una caída libre. Y de “Sin compasión” tiene el ambiente bancario y la dificultad, para un ejecutivo homosexual, de existir como tal. También la traición y el impulso de llevar la seducción (de hombre a hombre) hasta su límite. En “La razón de los amantes” los límites se rompen y la traición es doble, pues los personajes calientes o enamorados -es lo mismo, según estudios recientes- son tres.
¿Es una novela sobre la homosexualidad? No sólo. El triángulo en que Diego Lira azuza el deseo de una mujer, pero también -con más consecuencias prácticas- el de su marido, es un espejo para cualquier doble militancia, sea sexual, política o laboral, porque entre las infidelidades cruzadas quedan en evidencia los polivalentes juegos de poder: esa manipulación del prójimo -en todo ámbito- que tan cara es al ser humano.
Como en toda tragedia anunciada, cada nuevo suceso produce un escalofrío. Esta velocidad es una virtud de suspenso e interés, aunque tal vez en ella -o junto a ella- resida una consecuencia narrativa que ciertos lectores podrían cuestionar: “La razón de los amantes” es una novela externa, más conductual que analítica, donde vemos actos y oímos diálogos sin tener, necesariamente, la sensación de alcanzar el doble fondo de las conciencias.
Los personajes no suelen mirar dentro de sí mismos (para especular o elaborar), sino hacia su entorno inmediato. Su mirada alcanza los objetos (incluidos los otros personajes) o el paisaje y rebota para decirles, de ese modo, algo sobre lo que les pasa. Algo sentido en la piel o en las palabras expresadas: toda tensión de amor, odio, escándalo, derrota o abandono ocurre en ese “espacio” acotado y dinámico. Saber si esta opción del autor atenúa -o, por el contrario, potencia- la profundidad del significado es la tarea del/la/lo lector.
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Revista Capital, septiembre 2007
Juan Ignacio Correa
En el museo del Mulato Gil se reunieron los escritores Jorge Edwards, Carla Guelfenbein y Pablo Simonetti para lanzar La razón de los amantes, la última novela de Simonetti, un implacable drama que explora con sensibilidad e inteligencia la dimensión desquiciada que puede adquirir la pasión.
Concuerdo con Carla al destacar la credibilidad del trío en torno al cual se teje la trama de la obra. Efectivamente, Simonetti mueve a Laura, Manuel y Diego con una depurada técnica, permitiendo una irrupción convincente en escena y logrando que la mente del lector se represente en forma vívida el peregrinar de estos protagonistas a lo largo de la historia narrada.
Si andas tras piruetas y efectismos estilísticos no leas La razón de los amantes. Tampoco si buscas fórmulas vanguardistas, minimalismo narrativo, ocultos códigos literarios u otros galimatías que muchas veces aburren o interrumpen el relato. En La razón de los amantes la forma está supeditada a la historia y a que los personajes se expandan y actúen con claridad.
Simonetti no tiene miedo de narrar. Confía en la riqueza de los rasgos circunstanciales que componen la escena. Parece saber y creer que su labor como escritor consiste en mostrar a sus protagonistas y no obnubilarse con un lenguaje que se interponga en la fluida relación que debe existir entre el relato y el lector. Mis preferencias estéticas me llevan a afirmar que los caracteres y los temperamentos de los personajes constituyen la sustancia del arte narrativo, juicio en el que me acompaña, entre otros, el crítico Harold Bloom, quien recuerda que esos elementos son “el valor literario supremo, ya sea en teatro, en la lírica o en la narrativa (Shakespeare o la invención de lo humano).
La segunda fortaleza de la obra de Simonetti está en su ritmo vertiginoso. Nos hace partícipes de una experiencia sin pausas ni contaminaciones moralizantes o proselitistas, al punto que muchas veces se necesita respirar hondo, o incluso detener la lectura, para asimilar las bombas que explotan alrededor y que arrasan con el aburrimiento burgués en que se consumían Laura y Manuel antes de la aparición de Diego Lira, bisexual-gay, esnob y pseudo intelectual.
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Revista MIRA, agosto/septiembre 2007
La novela política de uno de los autores nacionales más exitosos de los últimos años. La historia básica es la de un triángulo amoroso formado por una pareja de clase alta, sacudida por la intromisión de un tercero que no sólo despierta sus deseos, sino que les presenta un mundo nuevo. Un mundo en el que siempre han estado, pero se han negado a ver. Diego Lira, el tercer vértice del triángulo, aparece como uno de los personajes más multidimensionales que haya parido nuestra narrativa reciente y no sólo por lo atractivo de su personalidad, sino por el contexto sociopolítico que representa: metáfora perfecta del joven Chile de fines del siglo XX. Simonetti se atreve con la política, pero a través de la elegancia y la literatura. Y desde esa esquina, golea con precisión absoluta.
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Presentación en La Feria del libro de Bogotá, 3 de mayo 2008
por el escritor colombiano Fernando Quiroz
Me gustan mucho más los libros que me dejan preguntas, que los que me absuelven dudas que quizás no me interesaba plantearme y me mandan a la cama como si nada, después de pasar la última página, y su eco ni siquiera me distrae del programa que aparezca en ese momento en el televisor, antes de conciliar un largo sueño que, a la mañana siguiente, me habrá devuelto a los estados conocidos.
Me gusta cuando los libros me alteran, cuando se entrometen en mi vida y me sacan de la comodidad de la rutina de pensamientos. Cuando me obligan a pensar qué habría pasado con éste o con aquel personaje si en vez de cruzar a la derecha en cierta esquina del destino hubiera cruzado a la izquierda. O hubiera seguido de largo. Cuando me obligan a examinar qué habría hecho yo, enfrentado, como el protagonista, a esa situación que cambió para siempre su vida.
Me gustan los libros que, como La razón de los amantes, resultan impertinentes desde el comienzo, y uno les permite que lo sean y que lo sigan siendo, página tras página, porque si bien sus personajes han logrado cruzar ese cerco cuidadísimo de la intimidad del lector, también han dejado que uno se meta en sus propios conflictos y opine sobre ellos, a veces como un analista de diván, a veces como el amigo consejero, a veces como una suerte de Mesías convencido de que es capaz de alterar su destino.
Después de haber debutado en el género de la novela con Madre que estás en los cielos, una obra conmovedora y profunda que explora la intimidad de la vida en familia, y en especial la relación entre padres e hijos, Pablo Simonetti sorprende ahora con La razón de los amantes y confirma por qué se ha convertido en uno de los autores chilenos más leídos en su país, y como los buenos vinos de los valles del Maipo o de Colchagua, en uno de los más exportados al resto del continente.
La razón de los amantes plantea muchas preguntas. Y, aunque cada lector lo enfrenta a su manera, tal vez la primera de ellas sea hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se obsesiona con otro, cuando se apasiona, cuando el amor lo ciega.
La novela de Simonetti propone una de las muchas respuestas posibles a esta pregunta que ha sido una constante en la literatura universal, que ha alimentado desde los más profundos dramas griegos hasta un sinfín de novelas de todos los tiempos. Y que se seguirá planteando mientras el mundo exista, no sólo porque se trata de una de las razones esenciales que mueve a los hombres, sino también porque al hacerlo permite examinar el estado de la humanidad, el momento de la historia, la evolución de las sociedades y el peso de las ideologías imperantes.
De hecho, Simonetti ambienta la novela -valga decir que ambienta la respuesta a esa pregunta esencial de su novela- en la sociedad latinoamericana de la actualidad. O, si se quiere ser más precisos, en el Chile del cambio de milenio: cuando los preparativos para recibir el año 2000 resultaban opacados por la contienda electoral entre Lagos y Lavín, y los australes se debatían entre darle un nuevo aire al pinochetismo o alejarse definitivamente de esta línea; cuando los prósperos negocios que se habían creado a partir de los desarrollos del Internet entraron en crisis; cuando la próspera economía chilena había creado modelos que desvelaban a la clase media por sus posibilidades de ascenso social; cuando el peso de las tradiciones católicas aún impedía que se viera con buenos ojos las relaciones que escapaban de los modelos promovidos por la Iglesia y los únicos aceptados, al menos de dientes para afuera, por los retrógrados y los mojigatos.
Así, La razón de los amantes no es solamente la historia de un joven matrimonio que entra en crisis ante la aparición en sus vidas de un personaje llamado Diego Lira. Un personaje culto, exitoso, exquisito y arrollador ante el cual los miembros de la pareja, Manuel y Laura, se enfrentan motivados por razones diferentes: ¿amistad, amor, sexo, negocios, posibilidad de ascenso? ¿Una disculpa para romper con la rutina que parece soportar la convivencia? ¿Una curiosidad permisiva y peligrosa? ¿Una oportunidad para ahondar en el conocimiento de sus verdaderos intereses?
Pablo Simonetti va mucho más allá de la narración de un período definitivo en la vida de esta pareja. Al tiempo que explora la sicología de cada uno de ellos como individuos, al tiempo que propone hasta dónde pueden llegar y a qué sentimientos y pasiones deciden acogerse -desde la ternura hasta el egoísmo y la traición- ofrece el retrato de una sociedad burguesa en la que la figuración y el dinero han entrado con fuerza a desplazar viejos valores y analiza a esa generación que asumió las riendas de Chile a finales del siglo XX y que resulta tan parecida a la que se ha encargado de dirigir los destinos de casi toda la América Latina, o que está a punto de dirigirlos.
La razón de los amantes es una novela inscrita en la actualidad de Chile y, por lo tanto, un testimonio histórico que hoy en día sirve como espejo eficaz para que el lector descubra qué tanto se ve reflejado y que, pasadas las décadas, permitirá que las generaciones que están por venir se enteren de cómo era su país, qué líneas de pensamiento predominaban y cómo estaba compuesta la sociedad. Porque en la novela de Simonetti confluyen lo social, lo económico y lo político: así, por ejemplo, la sombra de Pinochet cruza sus páginas y se evidencia la polarización de una sociedad que, al final de uno de los más interesantes debates de la historia política chilena, decidió elegir en la figura de Ricardo Lagos al primer presidente socialista en tres décadas y negarle el poder a un representante de la más cruda derecha, y para más señas miembro activo del Opus Dei.
Pero volvamos a la historia central de la novela, para decir que uno de sus mayores logros es la manera como se plantea el conflicto amoroso que, a la postre, trasciende a la pareja para convertirse en un asunto de tres. Ya en Madre que estás en los cielos, Simonetti había dado muestras de su maestría en el tema del conflicto: en cómo va entrelazando los elementos en apariencia sueltos o dispersos hasta crear un nudo que no tiene, a la manera de los relatos tradicionales, un desenlace próximo, sino una sucesión de nuevos nudos, a medida que el conflicto se hace más profundo y compromete nuevos sentimientos, nuevas dudas y nuevos retos para los protagonistas.
Y el conflicto le sirve a Simonetti no sólo para mantener la atención del lector, mientras avanza con ese ritmo vertiginoso ante el cual es imposible detenerse, sino también para explotar de la mejor manera los elementos que convierten a un relato en verdadera literatura. La duda, por ejemplo. Esa duda que crece y corroe, como un carcinoma. La duda ante la cual los demás también dudan, mientras se preguntan de qué dudará el primero. La mentira: la que se les dice a los otros, y la más peligrosa de todas: la mentira que uno mismo se va creyendo para evitar confrontarse y descubrir los motivos verdaderos que lo han llevado a actuar de determinada manera o sencillamente para justificar un comportamiento que considera -con razón o sin ella- salido de los patrones bajo los cuales debería regirse. Y la angustia que surge como un efecto secundario de las dos anteriores: como el resultado casi matemático de sumar la duda y la mentira. Esa angustia que se transforma en culpa y que empieza a tomar decisiones en nombre de uno.
De otro lado están la seducción, la vanidad y la ambición. Y En la razón de los amantes Simonetti nos presenta a un personaje que parece construido con estos tres elementos en el grado sumo. Diego Lira es ambicioso, vanidoso y un seductor perverso. No se da en él la seducción como ese ejercicio, uno de los más hermosos que puede emprender el hombre, en el que se combinan lo intelectual y lo físico, lo poético y lo animal; ese ejercicio en el que se habla con los ojos y se palpa con la voz… tal vez porque a Lira en el fondo lo que le interesa es seducirse a sí mismo. En cada conquista parece más encantado consigo mismo y, por eso, cuando emprende una nueva aventura de seducción no hay dique que lo contenga. No importa lo que deba llevarse por delante: un matrimonio establecido, una estabilidad construida con esfuerzo, una familia, una vida.