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	<title>Pablo Simonetti I Sitio Oficial</title>
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	<description>Sitio oficial de Pablo Simonetti</description>
	<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 18:37:07 +0000</pubDate>
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		<title>Entrevista diario La Reforma</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Oct 2008 22:05:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[ENTREVISTAS]]></category>

		<category><![CDATA[diario la reforma]]></category>

		<category><![CDATA[pablo simonetti]]></category>

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		<description><![CDATA[Explora las fronteras morales
Con la historia de un triángulo amoroso,el escritor chileno presenta el retrato de un país inmerso en una etapa de cambios políticos
A finales del siglo 20, cuando un hipotético desastre tecnológico se cierne sobre el mundo entero y la inquietud parece extenderse tanto entre los supersticiosos como entre los escépticos, la tranquilidad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2><strong>Explora las fronteras morales</strong></h2>
<h5>Con la historia de un triángulo amoroso,el escritor chileno presenta el retrato de un país inmerso en una etapa de cambios políticos</h5>
<p>A finales del siglo 20, cuando un hipotético desastre tecnológico se cierne sobre el mundo entero y la inquietud parece extenderse tanto entre los supersticiosos como entre los escépticos, la tranquilidad de un matrimonio se ve fracturada con el arribo a su vida de Diego Lira, un abogado que tiene una publicación on line de noticias. Ansiosos de romper con la rutina, Laura y Manuel se dejan llevar a experiencias límite y pronto las convenciones que les cobijan<br />
se verán desmoronadas.</p>
<p>Ese argumento sirve al chileno Pablo Simonetti para urdir su segunda novela, <strong>La razón de los amantes</strong> (Planeta), un retrato de la sociedad chilena que, en el 2000, también se enfrentaba a la incertidumbre en cuestión electoral: ¿el socialista Ricardo Lagos o el miembro del Opus Dei Joaquín Lavín? El abogado que llega a perturbar la estabilidad del matrimonio ha sido interpretado por la crítica como la metáfora del Chile joven finisecular. Cuestionado sobre qué pudo provocar que se le diera esa lectura, Simonetti da abundantes razones.“Por ser un hombre que ha dejado atrás una familia representante de la vieja aristocracia campestre, una sociedad machista, homofóbica, conservadora a ultranza, aliada de Pinochet, que poco a poco ha perdido preponderancia en el debate público chileno; y se hace parte de otra sociedad, una en la que se distingue por logros, dinero y figuración”. Lira, el personaje, trabajaba en un bufete prestigioso de abogados  y de pronto se transforma en director de un periódico en Internet. “Es un hombre que iba a casarse con una mujer de su clase para perpetuar las ‘buenas costumbres’ y termina por reconocerse gay ante los suyos, dando una muestra de independencia que, más que estigmatizarlo, lo distingue”, explica Simonetti.<br />
¿Qué elementos hallará el lector mexicano en su novela con los que pueda identificarse?<br />
La búsqueda de una idea de futuro en la persona de un amante es un impulso universal. Y lo particular de esta novela, el hecho de que ambos miembros de la pareja busquen el escape a su encierro en la misma persona, es una situación que permite explorar las fronteras morales de este comportamiento. ¿Y hallará circunstancias sociopolíticas que le resulten familiares? México, después de la larga hegemonía del PRI, hubo de enfrentarse a una idea polarizada de futuro, tal como Chile la enfrentó durante la elección del milenio, donde compitieron Lagos, un socialista agnóstico, y Lavín, un liberal a ultranza en lo económico, defensor de Pinochet y miembro del Opus Dei. Esta polaridad (51-49 por ciento) despertó expectativas desmedidas y al mismo tiempo, ansiedades y temores irracionales. Lo mismo les ocurre a Manuel y a Laura, cuando se ven enfrentados a la idea de futuro que representa Diego. Un hombre que lleva los ropajes de una sociedad moderna, tecnologizada, liberal en cuanto a los derechos de los individuos y crítica de la dictadura. Se ha escrito que en La razón de los amantes resuena el eco de dos relatos suyos del libro Vidas vulnerables, “Santa Lucía” y “Sin compasión”.</p>
<p>¿En qué reside el vínculo? El primer cuento trata de la experiencia homosexual de un hombre casado en un escondrijo del cerro donde se fundó la ciudad (que da nombre al relato), lugar donde se une lo más representativo y lo más lúbrico de nuestra identidad nacional. En sus laderas, entre los monumentos, las parejas hacen el amor y los hombres gay van en busca de sexo anónimo. Es una protesta contra el juicio maniqueo que recae sobre la intimidad del ser humano. Manuel tiene a su ancestro literario más directo en ese personaje. A su vez, el protagonista de “Sin compasión” trabaja en un banco, al igual que Manuel, y se v  sometido a la mirada estrecha que impera en las grandes empresas cuando uno de sus empleados no responde a la norma social.<br />
De alguna forma, su novela trata de las relaciones que establecemos con el futuro, de la ansiedad estimulada por un horizonte en el que lo mismo pueden verse altas expectativas que fracaso<br />
y abandono. ¿El futuro es una nueva representación del mal? Esa sería la mirada conservadora. En cambio, la mirada liberal pondría todas las expectativas en él, sin concesiones. Creo que encauzar esas expectativas en un debate racional, y al mismo tiempo no dejarnos inmovilizarpor los miedos que mencionas,nos puede ayudar a encontrar un nuevo humanismo, uno que desmantele el individualismo salvaje y que al mismo tiempo no condene a un gran porcentaje de la sociedad como lo hacía el humanismo cristiano. Un alto porcentaje si consideramos el imperativo de postergarse que recaía sobre la mujer, además de los divorciados, los fornicadores, los homosexuales&#8230; Para qué seguir.<br />
Se ha dicho que es moderno en su visión de los conflictos amorosos y su entorno social&#8230; ¿De qué manera cultiva esa visión? No es deliberado. Nace, creo, de ser un buen observador y del esfuerzo por ser honesto al narrar.</p>
<p>Pero en esa visión también han influido sus lecturas. ¿Qué suele leer?<br />
Esta novela tuvo una serie de novelas tutelares. En la manera en que los conflictos se van desarrollando<br />
dentro de una aparente normalidad, influyó Howard’s End, de E.M. Forster.<br />
En la descripción de ambientes y personajes, El estrecho rincón, de Somerset Maugham y sus cuentos de El temblar de una hoja. Graham Greene con El fin de la aventura y The Heart of the Matter estuvo<br />
siempre rondando la naturaleza del conflicto. Y más atrás, quizás en la creación de Laura, estuvo Mansfield<br />
Park, de Jane Austen, cuyo estilo libre de metáforas también me ha influenciado. Y el comienzo es deudor<br />
de La edad de la inocencia, de Edith Wharton. En general, mis lecturas tienen una matriz inglesa. Por<br />
influencias recibidas cuando empecé a escribir (José Donoso era un gran lector de literatura inglesa), pero también por gusto. Los temas privados me parecen más interesantes y creo que son más reveladores que mucha literatura hispanoamericana preocupada por dar con la gran novela de su tiempo.<br />
Diego lee porque eso da prestigio, ¿qué hay en su biblioteca? Leyó con devoción en su momento a Bolaño. En Chile, ese momento es a partir de 1999, año en el cual se inicia La razón de los amantes, cuando Bolaño se vuelve un gigante repentino con Los detectives salvajes. También ha leído algunos libros de Amis, Barnes, McEwan e Ishiguro. En sus manos tuvo lo primordial de Vargas Llosa, Cortázar, Donoso y Borges. No se emociona con la poesía, pero habla de Huidobro y de Neruda con cierta soltura, y está siempre en deuda con la Mistral. De Paz ha leído El laberinto de la soledad, y de Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. A Rulfo lo conoce de oídas. Mientras ejercía como abogado compró muchísimos libros con la determinación de leerlos, pero no tuvo tiempo siquiera de abrirlos. Ahora sólo revisa diarios y revistas, si es que saca los ojos de la pantalla de su computadora. En su novela se cultivan mucho los diálogos&#8230; ¿Tiene formación dramatúrgica? No, no tengo formación dramatúrgica, me interesa el teatro como espectador y entre mis lecturas puedo ufanarme de haber leído a Shakespeare, Ibsen y Chéjov. En defensa de los narradores, para aprender  a sacar chispas con los diálogos, los escritores que mencioné más arriba son una muy buena escuela, a la<br />
que habría que sumar a Tolstói y a Balzac.<br />
<em> Reportero de El Ángel</em></p>
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		<title>Hermanos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 21:33:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pablo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[En las entrevistas a escritores chilenos durante la Feria del Libro de Lima, donde nuestro país es el invitado de honor, una pregunta recurrente es si experimentamos desdén o antipatías históricas hacia los peruanos.
 
 
La pregunta nace de la idea cada vez más extendida de que, en el sentido inverso, nosotros no somos ningunos santos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 16pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD;">En las entrevistas a escritores chilenos durante la Feria del Libro de Lima, donde nuestro país es el invitado de honor, una pregunta recurrente es si experimentamos desdén o antipatías históricas hacia los peruanos.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 16pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 16pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD;"><span id="more-98"></span>La pregunta nace de la idea cada vez más extendida de que, en el sentido inverso, nosotros no somos ningunos santos de su devoción. Más de un brote nacionalista del último tiempo pareciera confirmarla. La respuesta ha sido negativa cada vez, por supuesto. En nuestros colegios no fuimos inseminados con una animadversión hacia Perú, por el contrario, en mi caso me enseñaron a admirar a un pueblo gozador, más educado que el nuestro, con una rica cultura sincrética sobre la cual se funda el refinamiento de su cocina, de su castellano, de su arte y su literatura. Los escritores chilenos admiramos la tradición literaria peruana, desde Vallejo hasta Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro. En retribución, los amigos escritores peruanos exhiben un asombroso conocimiento de nuestros próceres de la palabra: los grandes poetas, Donoso, Bolaño; y también de los de hoy.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 16pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD;">Pero la mayor sorpresa ha sido constatar cuán relativa es la percepción de que el peruano común nos mira con desconfianza. Nuestras presentaciones desbordan de gente; los lectores esperan largo rato para conseguir una dedicatoria de su autor favorito; el stand de Chile (espacioso, bien iluminado, surtido sólo con libros como debe ser, aunque ya sin títulos de los autores invitados) es recorrido con interés por cientos de visitantes; los canales de televisión, las radios, los diarios y revistas han volcado su atención hacia estos representantes de Chile.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 16pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD;">Edwards, Zambra, Fuguet, Rivera Letelier, que llegan conmigo y me los encuentro en algún pasillo, en una recepción (ya vienen Lemebel, Eltit, Hahn, Gonzalo Rojas), siempre están rodeados de gente o respondiendo a una entrevista o camino a un almuerzo o una cena, si no en su honor, a propósito de su visita. ¿Qué hay entonces de la supuesta animosidad? ¿Asisten cuatrocientas personas a la presentación de Edwards para ver si se equivoca? No lo hace, al vuelo inventa un nuevo tipo de narrador, uno asaz insidioso, el narrador mosca. ¿Llevan a Zambra a la televisión para estudiar al enemigo? ¿Los escritores peruanos nos presentan y nos acompañan a todas partes, para hacer budú en las contraportadas de nuestros libros de regreso en sus casas?</span></p>
<p><span style="font-size: 16pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA;">Ya es hora que aceptemos que somos pueblos hermanos. Sólo basta observar que desde un punto de vista idiosincrásico no hay nada más parecido a la literatura chilena que la peruana y viceversa.</span></p>
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		<title>Carla Guelfenbein: La mujer de mi vida</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 01:26:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pablo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[“Para distraernos decidimos caminar por Maison Dieu Road, la larga avenida que lleva al mar. Las calles estaban vacías. Había leído en la primera plana del Sun que Arsenal y Liverpool se enfrentaban esa tarde. Un partido de fútbol que ningún inglés en su sano juicio se perdería. Sin embargo, nada en aquel instante me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="mso-ansi-language: ES-TRAD;" lang="ES-TRAD"><span style="font-size: large;"><span style="font-family: Garamond;">“Para distraernos decidimos caminar por Maison Dieu Road, la larga avenida que lleva al mar. Las calles estaban vacías. Había leído en la primera plana del <em>Sun</em> que Arsenal y Liverpool se enfrentaban esa tarde. Un partido de fútbol que ningún inglés en su sano juicio se perdería. Sin embargo, nada en aquel instante me importaba menos que ese encuentro. Mientras caminaba junto a Clara y Antonio sentí que mi vida anterior estaba lejos.</span></span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="mso-ansi-language: ES-TRAD;" lang="ES-TRAD"><span style="font-size: large;"></span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="mso-ansi-language: ES-TRAD;" lang="ES-TRAD"><span style="font-size: large;"><span style="font-family: Garamond;"><span id="more-97"></span> Las calles de una ciudad como tantas otras de mi país, con sus infinitos detalles familiares, se habían vuelto ajenas. Imaginé que la percepción que Clara y Antonio como extranjeros tenían de Inglaterra debía ser similar. Excepto que yo podía cruzar cuando me diera la gana el cristal ficticio de mi aislamiento; en cambio, ellos, no importaba cuán bien dominaran mi idioma, con cuánta maestría se mimetizaran, siempre permanecerían del otro lado. Mirada desde sus ojos, la isla de gran Bretaña me pareció una gran nave de seres amables que nunca llegaban a revelar su ser, ni a tocarte verdaderamente el corazón.”</span></span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="mso-ansi-language: ES-TRAD;" lang="ES-TRAD"><span style="font-size: large;"><span style="font-family: Garamond;"> </span></span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: large;"><span style="font-family: Garamond;"><em><span style="mso-ansi-language: ES-TRAD;" lang="ES-TRAD">La mujer de mi vida</span></em><span style="mso-ansi-language: ES-TRAD;" lang="ES-TRAD"> es una novela sobre la amistad, la lealtad y el amor.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>La voz narrativa pertenece a uno de sus protagonistas, Theo, un inglés de familia aristocrática; los otros dos son los exiliados chilenos Antonio y Clara.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>En esta reflexión de Theo es posible apreciar la mirada y la sensibilidad que cruzan su relato.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Admira a Antonio, desea a Clara y junto a ellos ha encontrado un espacio de comunión fuera de la patria y sus costumbres, más allá de los “infinitos detalles familiares”.</span></span></span></p>
<p><span style="font-size: 14pt; font-family: Garamond; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-bidi-font-size: 12.0pt; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA;">Con su pluma leve, rítmica y certera, Guelfenbein se muestra atenta a las oportunidades que brinda la acción novelesca para atrapar las percepciones más profundas de sus personajes.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>De paso revela la dolorosa polaridad de la pertenencia, tanto la paz que nos trae cuando nos abandonamos en ella, como la extrañeza y el encierro que todos alguna vez hemos experimentado al observar desde afuera, aunque sea por un instante, el mundo que sentimos propio.</span></p>
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		<title>El inexcusable candor: Washington D.C.</title>
		<link>http://www.pablosimonetti.cl/info/2008/08/el-inexcusable-candor-washington-dc/</link>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 01:13:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pablo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocí a Bill en Badlands, la discoteca gay de moda en 1988. Rubio, pelo crespo, bastante más bajo que yo. Iba vestido de granjero. El peto, que no alcanzaba a cubrirle el pecho ancho y velludo, dejaba a la vista su espalda y sus brazos abultados. Bailaba con una concentración inusual en un sitio donde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Conocí a Bill en Badlands, la discoteca gay de moda en 1988. Rubio, pelo crespo, bastante más bajo que yo. Iba vestido de granjero. El peto, que no alcanzaba a cubrirle el pecho ancho y velludo, dejaba a la vista su espalda y sus brazos abultados. Bailaba con una concentración inusual en un sitio donde el cruce de miradas insinuantes era la norma. Pero sabía que llamaba la atención: ritmo y plasticidad en su justo grado. Potente. Viril. </span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"> </p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD"><span id="more-96"></span>Al rato nos encontramos cara a cara y nos desafiamos bailando. Una hora más tarde ya íbamos rumbo a su casa en un viejo Falcon V8 con escape libre. Se detuvo en una farmacia a comprar condones y lubricante. Y el tipo no solamente bailaba bien. Bastó el primer polvo para que yo perdiera el juicio de realidad. Tiramos otra vez al amanecer y dormimos hasta el mediodía. Entonces descubrí un par de secadores de peluquería en la sala, dos gigantescos huevos cromados, suspendidos a media altura, además de un par de sillas regulables y un espejo desplegado a lo ancho de la pared. Recién salido de Chile y también del closet, yo todavía era un joven prejuicioso. Un peluquero no podía ser mi pareja, ni genuina su impronta de macho.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt 1cm; text-indent: 0cm;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">–Soy el mejor peluquero del D.C. –dijo con desdén vaquero al notar mi turbación.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">En los tres días que faltaban para mi regreso a clases, en California, Bill canceló sus citas, tiramos sin moderación, paseamos por el National Mall y la última tarde fuimos al cementerio de Arlington. Llegamos a la cursilería de abrazarnos ante la tumba de Kennedy para jurarnos amor. A esas alturas no me quedaba ningún prejuicio en guarda. Decidí mudarme al D.C. apenas terminara la carrera. Incluso envié postulaciones de trabajo a empresas de la ciudad y al Banco Mundial.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Para su cumpleaños se animó a dar una fiesta. En un principio creí que no podría ir. Tenía que estudiar. Me advirtió que no quería sorpresas, pero no pude resistirme y a última hora compré un pasaje rebajado en Pan Am. Llegué al caer la noche, pocos días después de terminada la famosa floración de los ciruelos. Me recibió irritado. Lo acompañaba un tipo de facciones vistosas y nada cordial. Sin darme tiempo a instalarme, salió a comprar hielo con él. Fui hasta el cuarto a dejar la maleta para encontrarme con otra maleta sobre la cama. Lo esperé en una de las sillas regulables, furioso por estar atrapado en esa ciudad a causa de las restricciones del pasaje. A su regreso, el invasor tomó su maleta y la dejó en la puerta de entrada.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">–Vive en las afueras de la ciudad. Lo había invitado a alojar –me explicó Bill-. Se quedará donde un amigo.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Quise creerle. Pero durante la fiesta me presentó como «un amigo de Stanford» y no como su novio. Y la sensación de que era yo el invasor se hizo cada vez más intensa. A las dos de la mañana, el afuerino ofrecía líneas de cocaína en un espejo de mano y se abrazaba con la mayoría de los invitados. Bill bebía un whisky tras otro y aspiraba una línea cada vez que tenía el espejo cerca. Sin embargo, y a pesar de estar exhausto, herido y escandalizado, cuando nos fuimos a la cama lo busqué para hacer el amor. La coca y el alcohol lo habían vuelto aún más agresivo y voluptuoso.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Al día siguiente se dedicó a limpiar la casa. Actuaba como si yo no estuviera. Fumaba marihuana, no perdía de vista su vaso de whisky, comía de las sobras y limpiaba cada centímetro cuadrado, compulsivamente. No me permitió ayudarlo. Vi tele y dormí una siesta. La falta de luz natural pareció sacarlo de su ensimismamiento. Sugirió que fuéramos a cenar. En el restaurante bebió tres whiskies dobles y no hizo amago de pagar su parte. Quería ir a Badlands esa noche. Al llegar me pidió dinero para otro whisky. Le pedí que no bebiera más. Se acercó a la barra y le coqueteó a un hombre viejo hasta que obtuvo un trago a cambio. Atónito, me fui a otro salón, en una actitud tan infantil como todas las que había tenido con él. Pronto comprendí que no vendría a ofrecerme disculpas, regresé a la pista y lo vi aspirando <em>poppers</em> de una botellita en la mano de un tipo que, mientras tanto, aprovechaba de acariciarle la espalda. Nos gritamos. Me reprochó mi mojigatería y yo su descontrol. Logré que me diera las llaves del auto y lo saqué de ahí.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Durmió hasta tarde. Esperé sentado en una de las sillas de peluquería. Al verme hizo un gesto de exasperación que no olvidaré jamás.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-indent: 36pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">–Soy alcohólico y drogadicto –dijo llevándose las manos a la cadera desnuda–. Cuando nos conocimos estaba sobrio. Creí que tú podías salvarme. El de la maleta fue mi amante y me vende la cocaína. Por eso no tengo dinero.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt 1cm; text-indent: 0cm;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">–Podrías&#8230;</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt 1cm; text-indent: 0cm;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">–No, no hubiera podido. Se trataba de eso. De colgarme de tu ingenuidad.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Dormí el resto de las noches en un hostal juvenil. No salí más que a comer en un Deli al otro lado de la calle. El día de la partida lo llamé para aceptar su ofrecimiento de llevarme al aeropuerto de Dulles. Quizás podíamos despedirnos amistosamente.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt 1cm; text-indent: 0cm;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">–No puedo –dijo–, tengo que ir a mi reunión de AA.</span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent3" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 13pt; font-family: " lang="ES-TRAD">Ya no había calce posible entre su historia y mi inexcusable candor.</span></p>
<p><span style="font-size: 13pt; font-family: ">Cuando pienso en Washington D.C., revive la impresión cursi que guardo de sus parques y monumentos, de las postales con los ciruelos en flor, como si se tratara de un parque temático. Y me rebelo contra la idealización de la muerte que es ese cementerio de tumbas ordenadas por un topógrafo. Eso es, la capital del imperio me parece la puesta en escena de un ideal cándido –como mis ilusiones con Bill–, traicionado cada día por sus habitantes y los de todo el país. Un mal lugar para el amor.</span></p>
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		<title>La pandilla de Asakusa</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 00:58:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pablo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Al finalizar la década del 20, Asakusa, un barrio de Tokio junto al río Okawa, alcanza su apogeo preguerra. Dentro de pocos años el militarismo dominará el país y será la causa del fin de su vida desprejuiciada: espectáculos, restaurantes, casas de geishas, un mundo frívolo, frenético, rebosante de pillos y mendigos. Un barrio que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoBodyText" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span lang="ES-MX"><span style="font-size: large; font-family: Garamond;">Al finalizar la década del 20, Asakusa, un barrio de Tokio junto al río Okawa, alcanza su apogeo preguerra. Dentro de pocos años el militarismo dominará el país y será la causa del fin de su vida desprejuiciada: espectáculos, restaurantes, casas de geishas, un mundo frívolo, frenético, rebosante de pillos y mendigos. Un barrio que recuerda Montmartre a fines del siglo XIX y Times Square en los años 40.</span></span></p>
<p class="MsoBodyText" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"> </p>
<p class="MsoBodyText" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span lang="ES-MX"><span style="font-size: large; font-family: Garamond;"><span id="more-94"></span> Una de las aristas del libro es la vida de las mujeres bellas del barrio, esas adolescentes que los astutos intentan embaucar hasta que las corrompen o las venden. Al final de su juventud se encontrarán en las últimas fases de la prostitución, con sus kimonos sucios y arrugados debido a que duermen de espaldas en los bancos del parque. Incluso, pueden alcanzar un nivel todavía más bajo, convertirse en <em>gokaiyas</em>, las que se acuestan con jornaleros y vagabundos. Mientras puedan correr aún serán consideradas mujeres, pero pronto estarán “sentadas como piedras, en silencio, como lunáticas profundamente desesperadas”. Ellas constituyen el principal nexo con otras novelas del autor, forman parte de ese grupo de mujeres que atrajo tanto a Kawabata a lo largo de su vida: desde la bailarina de Izu hasta las jóvenes narcotizadas de <em>La casa de las bellas durmientes</em>.</span></span></p>
<p class="MsoBodyText" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span lang="ES-MX"><span style="font-size: large;"><span style="font-family: Garamond;"> </span></span></span></p>
<p class="MsoBodyText" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span lang="ES-MX"><span style="font-size: large; font-family: Garamond;">Yasunari Kawabata se volvió a hacer presente en nuestra lengua con la reedición de <em>Lo bello y lo triste</em> en 2001. Una buena elección para promover un autor japonés que mantuvo una pequeña corte de admiradores en occidente, pero que hacía tiempo no encontraba un espacio editorial para su obra. Bastó esa novela de belleza sobrecogedora y desenlace brutal para que el secreto de unos pocos se volviera pasión de un gran número de lectores. Emecé contribuyó al fenómeno con una cuidada edición. De ahí en adelante, cada una de las obras publicadas del Premio Nobel 1968 se ha convertido en un impensado éxito de ventas. En Chile, sus títulos pasan a formar parte de las listas de los más vendidos apenas llegan a las librerías. En conversaciones con personas que leen por placer, cuyas lecturas no están dictadas por razones de política literaria ni por esnobismo intelectual, ni tampoco por una simple moda, me refiero a un lector inteligente, sensible y soberano, dueño de una biblioteca respetable y de un férreo hábito de lectura, he podido apreciar que Kawabata fascina con su prosa contenida, precisa y sugerente. Estos seguidores hablan con intimidad de sus personajes, especialmente de los femeninos, de la belleza de su estilo, de sus deslumbrantes composiciones de escena. Lo hacen como si no existiera una distancia entre la cultura occidental y la japonesa, como si estas historias de otro tiempo tuvieran el don de conservarse siempre contemporáneas.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 14pt; font-family: Garamond; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-bidi-font-size: 12.0pt;"> </span></p>
<p><span style="font-size: 14pt; font-family: Garamond; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES-TRAD; mso-bidi-font-size: 12.0pt; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA;">Me pregunto qué irán a pensar estos lectores de <em>La pandilla de Asakusa</em>. No es una novela típica de Kawabata, más bien al contrario, es un libro del cual llegó a declararse avergonzado. Lo creyó un intento fallido de modernismo literario y una deslealtad a la tradición cultural nipona. Su prosa abusa de la elipsis, el narrador cambia de perspectiva sin aviso, la historia se desarrolla de manera confusa y variable. Esta vaguedad parece encontrar su contrapeso en las descripciones de lugar: es tal la minuciosidad empleada por el autor, que las calles de Asakusa, sus templos, puentes, parques, edificios y teatros, se repiten como en las letanías hasta colmar la paciencia. Es claro que el barrio es el protagonista, a costa del resto de sus personajes que no terminan por constituirse. El libro es un cúmulo de impresiones, una sumatoria de fragmentos salidos de notas que el autor tomó durante años, con miembros de la pandilla escarlata dando breves testimonios o haciéndose parte de historias que comienzan sin mayor advertencia y muchas veces no parecieran tener un final. El indicio más claro de que enfrentamos una obra atípica es que el libro cuenta con la presentación de un argentino, un prefacio y un epílogo de un norteamericano estudioso del Japón, un mapa para guiarnos en las exhaustivas descripciones geográficas y un glosario para comprender las referencias de todo orden que atiborran sus páginas. Aún así, la obra alcanzó gran popularidad al momento de su publicación, realizada por entregas en el diario de mayor venta de la época, al punto de atraer más y más gente hacia las ya atestadas calles de Asakusa. Puede que el mismo entusiasmo se apodere de sus seguidores de hoy, pero también puede que la debilidad de sus personajes y su trama les haga insalvable la distancia en la cultura y el tiempo.</span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Alice Munro: El latido de su propia sangre</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jul 2008 23:04:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Recuerdo la primera vez que vi su nombre, un par de años atrás, en internet. La revista TIME la nombraba como una de las cien personas más influyentes del mundo, en una lista donde sólo había dos o tres escritores.

El breve artículo junto al retrato de una mujer mayor, de melena corta y teñida de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo la primera vez que vi su nombre, un par de años atrás, en internet. La revista TIME la nombraba como una de las cien personas más influyentes del mundo, en una lista donde sólo había dos o tres escritores.</p>
<p><span id="more-92"></span></p>
<p>El breve artículo junto al retrato de una mujer mayor, de melena corta y teñida de blanco, afirmaba que la canadiense era autora de una docena de libros de cuentos y que ejercía una gran influencia entre los nuevos autores norteamericanos, al punto que Jonathan Franzen, el autor de Las correcciones, la consideraba &#8220;quien mejor escribe en América del Norte hoy en día&#8221;. Un año más tarde encontré en castellano: &#8220;Odio, amistad, amor, noviazgo, matrimonio&#8221;, sin embargo, y tal vez a causa de un despreciable vestigio de machismo, se lo regalé a una amiga, quien fue prácticamente abducida hacia otro espacio por su lectura. Y ahora que finalmente me he sentado a leerla, sólo me queda lamentarme por el tiempo perdido.<br />
Compuesta por once relatos, un prólogo y un epílogo, &#8220;La vista desde Castle Rock&#8221; es un intento de Munro de rehacer la línea de tiempo desde sus antepasados escoceses hasta el presente, una forma de rescatar la importancia de ciertos latidos en el flujo de una estirpe mediante un texto donde realidad y ficción &#8220;terminan confluyendo en un solo cauce&#8221;. La primera parte, titulada &#8220;Sin ventajas&#8221;, trata de las travesías y calamidades que tuvieron que enfrentar los colonos para asentarse en Canadá, y luego desciende en el árbol genealógico hasta llegar al padre de Munro, un joven hosco, trampero por afición. Si bien estos relatos resultan interesantes -las leyendas familiares son escrutadas bajo un estricto realismo, gracias a un lenguaje sin florituras, de pocos adjetivos y gran poder evocador-, no despiertan el mismo compromiso emocional que los reunidos bajo el título &#8220;Mi casa&#8221;, en la segunda parte. Aquí, Munro pasa a ser la protagonista, desde su juventud en una granja donde criaban zorros plateados hasta su vejez en los mismos parajes cercanos al gran lago Huron, acompañada de su marido geógrafo.<br />
Munro se revela como una maestra en la descripción de personajes. De su abuela, dice: &#8220;Era una mujer alta y erguida, de figura majestuosa, y aun así, con andares masculinos. Arremangándose la falda pasaba diestramente por encima de una cerca&#8230; Era una anglicana de nacimiento que asumió de todo corazón la competencia por la rectitud presbiteriana igual que era un marimacho de nacimiento que asumió la competencia del ama de casa rural. ¿Lo hizo por amor?, acaso se preguntara la gente&#8221;. Sus personajes se hallan tan bien representados y tan bien dispuestos en el escenario doméstico, su espacio dramático de preferencia, que sus temperamentos juegan un papel central en los conflictos.<br />
Pero aún mayor admiración despierta su fe en lo que narra. Avanza en el relato sin dudar que tarde o temprano dará con un abismo de sentido que sabrá anotar y perfilar y que finalmente actuará como caja de resonancia: &#8220;La enfermedad que la aquejaba&#8221; -su madre sufría de Parkinson- &#8220;era tan poco conocida entonces, y de efectos tan extraños, que ciertamente parecía justo la clase de mal que ella habría sido capaz de inventar, por morbosa tozudez y una verdadera necesidad de atención, de ampliar las dimensiones de su vida&#8221;.<br />
Este libro me recordó otra lectura reciente, &#8220;Desorden moral&#8221;, de Margaret Atwood, ganadora del Premio Príncipe de Asturias, coterránea y compañera de generación de Munro. Ambos libros tienen mucho en común, tanto en su estructura (una composición fragmentada con protagonistas recurrentes), como en sus temas (el mundo personal, cotidiano y familiar de una mujer relacionada con la literatura a lo largo del siglo XX), como en sus escenarios (la Canadá rural en mayor medida que la de las grandes urbes). Pero difieren en su estilo, en su forma de representación y en la manera de buscar sentido. Y a pesar de los premios para la industriosa Atwood, en esta comparación, me quedo con la humilde escritora de cuentos que es Munro.<br />
Para consagrarla, basta leer su reacción ante la noticia de que no está enferma de muerte, con la que cierra el libro: &#8220;Pero de momento, el maíz está en flor, el verano ya declina, el tiempo vuelve a dejar espacio a las riñas y las trivialidades. Los días ya no tienen duras aristas, ni zumba la sensación de destino en las venas como un enjambre de insectos pequeños e implacables. De vuelta al punto en que ningún gran cambio parece anunciarse más allá del cambio de las estaciones. Cierto grado de aspereza, cierta despreocupación, incluso otra vez la posibilidad fortuita del aburrimiento dentro de los confines de la tierra y el cielo&#8221;. Un digno negativo del final de Las memorias de Adriano.</p>
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		<title>El aire y las enfermedades</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 07:22:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Vida y naturaleza]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace unos años escribía acerca del lado bueno de contraer la gripe: los momentos de descanso fuera de nuestro diario automatismo, la suave invitación a reflexionar sobre la vida que llevamos, los largos días de recuperación dedicados a la lectura.

Además, la lentitud de los días ociosos me llenaba de añoranza por tiempos pretéritos cuando a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos años escribía acerca del lado bueno de contraer la gripe: los momentos de descanso fuera de nuestro diario automatismo, la suave invitación a reflexionar sobre la vida que llevamos, los largos días de recuperación dedicados a la lectura.</p>
<p><span id="more-91"></span></p>
<p>Además, la lentitud de los días ociosos me llenaba de añoranza por tiempos pretéritos cuando a cada cosa se le daba su tiempo. Son pocas las cosas a las cuales concedemos el tiempo que se merecen y entre ellas están la enfermedad y la muerte, casi por una obligación; y no estoy muy seguro de que ocurra necesariamente así, hay quienes prefieren enfermarse o morir apurados antes que detenerse.</p>
<p>Sin embargo, las dulces gripes, aquellas que habían pasado a ser una enfermedad sin mayor importancia desde la aparición de los antibióticos, han vuelto a sus fueros asesinos. Los virus mutan y se hacen resistentes, las bacterias se vuelven cada vez más ponzoñosas en nuestros laberintos bronquiales. Ya es común en nuestra ciudad oír palabras como bronquitis obstructiva, neumonitis, neumonía, asma y otros males pulmonares. Y para quienes crean que están a punto de enfrentar algún tipo de delirio hipocóndrico, me adelanto para enrostrarles la siguiente anécdota: un buen amigo chileno que vive en Boston, me dijo que en esa ciudad de inviernos duros y vientos azules, nada semejante a lo nuestro ocurría, nada que se pudiera tildar de “crisis en los centros hospitalarios por falta de camas para atender casos de enfermedades respiratorias”. “Estos bichos allá no existen”, llegó a decir, ni allá ni en Europa, no en la magnitud y en la variedad que se observan aquí. Mi amigo no es ningún experto en estadísticas médicas, pero sí una persona atenta a lo que sucede a su alrededor. A esta conversación se agrega otra, con un doctor a cargo de un servicio de urgencia, acompañando a un amigo con neumonía: “¿Es el aire, doctor?” pregunté estúpidamente para tranquilizar al enfermo, pero el hombre me respondió seriamente: “Aquí nos estamos haciendo todos los locos, los doctores, las autoridades, todos los que tenemos alguna responsabilidad por la salud de las personas. Cualquier persona inteligente, y que lo pueda hacer, debe irse de esta ciudad”.</p>
<p>Podrán argüir los incrédulos que presto oídos a personas no especializadas o a doctores fatalistas, pero no es primera vez que entablo este tipo de conversaciones. Es más, debo haber participado, o me han relatado diálogos de la misma índole, más de un centenar de veces en el último mes. ¿Cuántas conversaciones relacionadas con este tema habrán tomado lugar en Santiago en estos días que van de julio? Imagínense una sala de espera o un pasillo de un servicio de urgencia de la zona poniente o de la zona sur de nuestra ciudad, el Sótero del Río o el Félix Bulnes, escenas que vemos a diario en los noticieros, madres cargadas con hijos llorosos, hombres, mujeres y ancianos, hablando, hablando, hablando para aplacar sus temores, para calmar esa angustia que tienen dentro; ya no saben si les van a dar atención, si van a poder pagar el antibiótico recetado, si su enfermo va a tener las fuerzas para salir de su gravedad. Millones de palabras, momentos y temores.</p>
<p>Nada de esto es normal. No tenemos por qué aceptarlo mansamente. ¿Deberemos organizarnos en una suerte de sindicato de enfermos pulmonares con cinco millones de integrantes para aspirar a la mejoría de las políticas ambientales?</p>
<p>Vivimos en la ciudad más contaminada del mundo y su relación con nuestra salud ya no es cosa de supuestos. El smog nos enferma y nos mata, no cabe la menor duda. Estamos enfrentados quizá a la mayor crisis sanitaria de la historia de nuestro país. Si no hacemos algo drástico ahora, con la audacia política necesaria para superar los grandes trances, pronto nos transformaremos en la ciudad más enferma del mundo.</p>
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		<title>El Trompo</title>
		<link>http://www.pablosimonetti.cl/info/2008/07/el-trompo/</link>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 07:21:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Vida y naturaleza]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Por qué presto oídos a los chismes, a los infundios? Y me refiero a las invenciones de mentes torcidas, no al simple pelambre, al “viste que fea está”, que algo de sano tiene. Hablo de tramas tejidas con el propósito de difamar a una persona. Gemita-Novoa ha sido el caso más notorio, pero en este [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Por qué presto oídos a los chismes, a los infundios? Y me refiero a las invenciones de mentes torcidas, no al simple pelambre, al “viste que fea está”, que algo de sano tiene. Hablo de tramas tejidas con el propósito de difamar a una persona. Gemita-Novoa ha sido el caso más notorio, pero en este preciso instante corren por las ciudades y pueblos de Chile millones de rumores infamantes, sotto voce, como un gas insidioso que se cuela bajo las puertas de las casas, una variación de los viejos pasquines.</p>
<p><span id="more-90"></span></p>
<p>Tengo una respuesta, por cierto nada original: ausencia de vida propia. Si poco o nada ocurre en mi existencia, una de las escasas oportunidades para sentirme vivo es haciéndome eco de las supuestas trasgresiones de otro. La vitalidad de ese otro me entibia los huesos, y me reconforta que deba pagar con su desprestigio por haberse dado tales libertades. Pura envidia, pecado capital: se siente como se siente el amor; es un órgano más de nuestra sensibilidad, un movimiento más de nuestros intestinos. Poder, dinero y prestigio son los principales fermentos de la reacción que toma lugar en las entrañas. Tal vez debiera agregar la fama, pero pienso que sólo tiene valor cuando es expresión de los tres anteriores.<br />
Mayores alturas alcanzan la imaginación del intrigante y el placer de quien lo escucha, mientras más reducidos son los espacios de vida en que se mueven, mientras más frustraciones cargan sobre sus espaldas. Y si la víctima es sospechosa de haber saboreado delicias prohibidas o inalcanzables para los confabulados, la corriente adquiere mayor intensidad.</p>
<p>¿Cómo sustraernos a estos torbellinos que tantas veces ayudamos a crear, que resquebrajan nuestra convivencia y que en muchos casos arrasan con la vida del infamado?</p>
<p>En los casos públicos, la prensa debe resistir la tentación de convertirse en un proveedor de bienes que busca satisfacer el resentimiento de sus consumidores. En el ámbito privado, el único camino es no prestar oídos, pero sabemos que no es fácil de seguir. La dificultad reside en que ninguno de nosotros ha alcanzado su paraíso en la tierra. Dicho de otro modo, todos tenemos a quien envidiar, para cada uno existe al menos un rumor que ayudaríamos gustosos a propalar. Un esfuerzo continuo por expandir nuestros espacios de vida nos devolverá la sensación de “sentirnos bien en nuestra propia piel” y el interés por los demás será más a causa de la simpatía que de la envidia.</p>
<p>Este punto de vista desenmascara a los falsos samaritanos que creen purificarse de su morbosidad, advirtiendo a la víctima del rumor que la difama. ¿Por qué escuchar en primer término? ¿Por qué darse la confianza de ver cómo se desfigura el rostro del amigo? ¿Por qué irrumpir como una mano avariciosa en los fueros íntimos de esa persona supuestamente querida? Una vez más estamos ante el mismo fenómeno: falta de vida propia. Los hipócritas no se contentan con una buena trama de intrigas para sentirse vivos, también desean asistir a un gran final.</p>
<p>Ahora bien, cuando uno de nuestros seres queridos es la víctima –el caso más trivial es la infidelidad en la pareja-, otras habilidades son necesarias para no dejarse arrastrar por la calumnia. La experiencia nos regala con valiosos destilados de verdad. El rumor no nos dirá ni más ni menos de lo que ya intuimos. En vez de contaminar nuestros oídos con habladurías, es mejor escucharnos a nosotros mismos. Nadie debiera venirnos con cuentos cuando se trata de nuestra vida. Si “estamos” en ella con plena conciencia, no caeremos en la trampa. De todos modos, nunca salimos indemnes: cuando una bomba de rumores nos cae cerca, resultamos heridos y nos asusta la constatación de que alguien quiera hacernos daño.</p>
<p>Una imagen con aires de septiembre: seamos trompos a gran velocidad, rotando seguros en torno a nuestro eje, trasladándonos en el plano de nuestros afectos, oscilando en búsqueda de la creatividad y el goce, y no permitamos que un intruso nos desestabilice. Si osara intentarlo, nuestros giros vertiginosos le cortarán el dedo.</p>
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		<title>Bolaño: Vidas Mínimas y azarosas</title>
		<link>http://www.pablosimonetti.cl/info/2008/07/bolano-vidas-minimas-y-azarosas/</link>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 07:19:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Mirada desde cierto punto de vista, la obra de Bolaño es una recopilación de vidas mínimas. La mayoría corresponden a personajes que algún vínculo mantuvieron con la literatura: Poetas, narradores, libreros, vendedores de libros, profesores de literatura, de filosofía, de lingüística, críticos, periodistas, guionistas, matemáticos con aspiraciones literarias, editores, traductores, cuentistas nazi, linotipistas, hasta una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mirada desde cierto punto de vista, la obra de Bolaño es una recopilación de vidas mínimas. La mayoría corresponden a personajes que algún vínculo mantuvieron con la literatura: Poetas, narradores, libreros, vendedores de libros, profesores de literatura, de filosofía, de lingüística, críticos, periodistas, guionistas, matemáticos con aspiraciones literarias, editores, traductores, cuentistas nazi, linotipistas, hasta una mujer desdentada que se declara la madre de todos los poetas.</p>
<p><span id="more-89"></span></p>
<p>El universo narrativo se extiende un poco más allá para incluir también las relaciones permanentes o circunstanciales de dichos personajes: Familiares, amigos, cómplices de aventuras, amantes, compañeros de trabajo, automovilistas en la carretera, rufianes y prostitutas.</p>
<p>Los dueños de estas vidas mínimas son por lo general gente olvidada, o carcomida por la desidia, o consagrada a asuntos francamente inútiles, o docta en artes que los demás desprecian. En deliberado contraste, sus dos novelas mayores giran alrededor de un personaje dueño de un halo de superioridad, la poetisa Cesárea Tinajero en Detectives Salvajes y el narrador Beno von Archimboldi en 2666. Ambos han desaparecido y son objeto de la búsqueda de estos seres mínimos que ni siquiera tienen una razón poderosa para buscarlos.</p>
<p>También el azar acompaña a los personajes: no parecen tener un destino o un sentido de vida. Algunos se lanzan a la búsqueda de los desaparecidos, siguiendo pistas más bien dudosas, otros cambian de rumbo sencillamente porque esa mañana sintieron deseos de dejar todo atrás. Los cambios radicales no tienen por lo general una explicación plausible en las novelas de Bolaño. Ni tampoco las actitudes que se acercan al heroísmo o a la abyección, ni las variaciones en el humor, ni el surgimiento o la extinción del amor, ni nada que la burguesía considere importante. Sus personajes se mueven y no parecieran hacerlo por las razones que lo haría gran parte de la gente.</p>
<p>La obra de Bolaño entonces se transforma en una minuciosa cartografía donde se hallan trazadas las trayectorias de estos personajes, desde el instante en que son percibidas por el radar de su pluma hasta que desaparecen a menudo sin dejar rastros. Mirando estas cartas sinópticas nos preguntamos qué ocurre, qué misterio nos atrapa cuando tenemos, por ejemplo, 2666 en las manos. ¿De qué modo se suman o se superponen en nuestra mente estas trayectorias para incentivarnos a seguir leyendo, como si no tuviéramos límite para absorber una y otra y otra más?</p>
<p>Quien busque razones que justifiquen conductas no las va a encontrar. Quien busque personajes de una coherencia indiscutible tampoco los va a encontrar. Quien desee identificarse del todo con uno de ellos, es muy posible que salga defraudado. Sólo vemos las estelas que va dejando su paso por las páginas. Cada una tiene un tono particular y son miles y se entrecruzan y forman un tejido de intrincada trama.</p>
<p>Al estudiar estos mapas podríamos sospechar que Bolaño, como decimos en buen chileno, le pone con pala. Pienso en Detectives Salvajes y esa cincuentena de historias que se hallan en el centro del texto. La única relación existente entre ellas es la presencia real o velada de Arturo Belano o Ulises Lima. ¿Aparte de eso, qué? ¿Qué tiene que ver Luis Enrique Rosado, un elegante profesor de literatura que se enamora de Piel Divina, bisexual, drogadicto y ladronzuelo que termina muerto a balazos, con el periodista que desafía a la muerte en medio de la guerra civil de Liberia o con los jóvenes que viajan en una combie a través de Francia con destino a las plantaciones de naranjas en Valencia?</p>
<p>El mapa de rutas que empiezan en cualquier lugar y de pronto se interrumpen puede despertar confusión, que es semejante al miedo al desorden, a la infiltración de la culpa, al temor al desenfreno, al pavor a desintegrarse; o bien se puede sentir indiferencia, nacida de una imposibilidad de encontrar algún patrón lógico a esa maraña de curvas y fragmentos, dibujada por una mano en apariencia insegura. O, por último, se puede experimentar asombro. Esto nos ocurre a quienes admiramos a Bolaño.</p>
<p>Si fijamos la vista en la trama, surge de ella una figura tridimensional, o llamas formadas por los filamentos, o un espectro holográfico, o sentimos que nos alzamos del suelo, como si flotáramos, como si fuéramos de nuevo niños y saltáramos sin miedo sobre esta red firme que forman las trayectorias de los personajes de Bolaño. La red nos sostiene, nos eleva, nos arropa, nos hace reír, nos sirve de hamaca y nos despierta acariciados por mil pares de manos de los mil personajes que han desfilado por algún lugar del mundo novelesco. Por decirlo en una frase, nos hace sentir libres. Nuestra vida puede ser esta, la que ahora llevamos, y mil otras, puede cambiar en cualquier momento, es cosa que nos decidamos a hacerlo, o que dejemos espacio al azar y cambie el rumbo que alguna vez creíamos inmutable. Y cuando surge esta figura que nos llena de asombro, también nos hace sentir leves. Ninguna de nuestras decisiones es tan definitiva o tan trascendental. Y nos hace sentir librados de un destino único y definitivo. Nuestra vida está hecha de circunstancias, no de culpas. De sucesivas posibilidades, no de sucesivos encarcelamientos.</p>
<p>Detectives Salvajes en cierto modo me cambió la vida, al dejarla proclive a su libre deambular más que a obedecer mis expectativas. A ser una curva bella como las que observamos en la naturaleza y no un vector intransigente.</p>
<p>En buenas cuentas, la lectura me hizo sentir compasión por mí mismo, y lo digo en el mejor sentido del término, y apenas notarlo supe que era la compasión que Bolaño sentía por sus personajes.</p>
<p>Bolaño no entra en las razones de por qué hacemos las cosas, nos contempla sin emitir juicio, acompañándonos, compadeciéndose. Creo que él mismo se consideró fruto de una carambola del destino, el resultado azaroso de la experiencia, una vida en que una sola convicción permaneció intacta: el valor de la literatura. Y más que una convicción, fue un sentimiento: el amor por la literatura.</p>
<p>Esta mirada tiene un especial valor para la sociedad chilena, que ha pensado de sí misma por siglos que cuna y sepulcro se corresponden y que el camino entre una y otro está predeterminado. Y no me refiero solamente a cosas de clase: el ya manido encierro entre cordillera y mar nos tiene acostumbrados al anquilosamiento, a vivir rodeados de chilenos, a sentir que nacimos aquí para morir aquí, que nuestro mundo -familiares, amigos, trabajo, incluso prensa, políticos e Iglesia- tiende a no cambiar.</p>
<p>Los personajes de Bolaño no siempre terminan bien, pero no por eso sus vidas dejan de ser valiosas, interesantes, sujeto de ser narradas. Al rescatar estas vidas mínimas y azarosas, Bolaño nos rescata a todos. Nos perdona. La literatura nos perdona. La literatura es la religión de los pecadores, de los escépticos, de los extraviados. La literatura nos salva, ahora, mientras nos movemos aquí en la tierra.</p>
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		<title>¿Burgués o aventurero?</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 07:18:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[La mayoría de nosotros se ha cuestionado hasta qué punto elegimos nuestra calidad de burgueses, o si caímos en ella empujados por nuestros miedos. ¿Cuántos no hemos sufrido brotes de rebeldía al pensar que estamos atrapados, que nos hemos dejado llevar por una corriente que no concuerda en casi nada con la dirección que alguna [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La mayoría de nosotros se ha cuestionado hasta qué punto elegimos nuestra calidad de burgueses, o si caímos en ella empujados por nuestros miedos. ¿Cuántos no hemos sufrido brotes de rebeldía al pensar que estamos atrapados, que nos hemos dejado llevar por una corriente que no concuerda en casi nada con la dirección que alguna vez quisimos darle a nuestra vida?</p>
<p><span id="more-88"></span></p>
<p>¿Cuántas veces no hemos fantaseado con darnos a la aventura, partir de viaje sin destino predeterminado, quebrando con la institución del trabajo diario y del desarrollo profesional, o lanzarnos en busca de amores que sacien nuestros deseos, dejando de lado la institución del matrimonio y la familia? ¿Por qué trabajar desde que salimos del colegio o de la universidad día tras día, con unas míseras vacaciones de tres semanas al año, hasta cumplir sesenta y cinco? ¿Por qué hay que casarse con una sola persona para toda la vida y renunciar a los cantos de la sensualidad y la conquista?</p>
<p>Muchos se consuelan con la impresión de que la estructura social de hoy no da espacio a la aventura. Quizá por lo mismo sólo unos pocos buscan su realización a través de ella. Son espíritus en fuga, un día están aquí, otro allá, una noche aman con pasión y a la mañana siguiente olvidan, viven épocas de deslumbrante riqueza y al poco tiempo no tienen dinero para dormir en otro lugar que no sea un albergue. La literatura nos ha dado numerosos ejemplos de estos aventureros. Pero hay uno cuyo fama se extiende hasta nuestros días, un hombre de carne y hueso que desafió las costumbres europeas del siglo XVIII. Me refiero al veneciano Giacomo Casanova. Esta reflexión ha surgido de la lectura de la novela “El amante de Bolzano” de Sándor Márai, escritor húngaro de principios del siglo XX, que en el último tiempo ha ganado reconocimiento. La novela es una demostración de prosa expresiva, de intensidad emocional, pero lo que sobrecoge es la conciencia de los personajes respecto del lugar que ocupan en el mundo. Los protagonistas son tres: el propio Casanova que llega a Bolzano, una pequeña ciudad a los pies de las Dolomitas, luego de huir de manos de la Inquisición; el segundo es el Conde de Parma, ilustre habitante de la ciudad, uno de los hombres más poderosos de Italia, primo de Luis XV de Francia. La tercera es Francesca, la bella condesa. Está enamorada de Casanova y el anciano conde lo sabe, aún más, ha leído una carta donde Francesca le escribe a su amado: “Te debo ver”. Como hábil político, el viejo concibe una estratagema brillante para deshacerse de Casanova sin matarlo. Si lo hiciera, su fantasma penaría en el corazón de su mujer. El conde representa el súmmum de la Burguesía: ha sido regalado con los mayores disfrutes de este tipo de vida que busca seguridad, prosperidad, respetabilidad. Se enfrenta a quien ha logrado hacer de la Aventura un género artístico, provisto de astucia, intrepidez y rechazo hacia las ataduras emocionales. En el medio de ambos se halla Francesca. Ella representa el Amor. Ha permanecido encarcelada en su palacio de oro por años. Sólo ella, piensa, le puede dar un sentido profundo al arte de la Aventura de su amado: “Sin mí, tú no eres nada”, le dice con sencillez. La historia es una composición perfecta: Burguesía versus Aventura, amenazadas por el Amor. El burgués aterrado ante la posible pérdida en los frágiles años de la vejez, el aventurero temeroso ante la posibilidad de ser encadenado. Francesca asegura que la libertad está en el verdadero amor, aquel que todo lo da sin esperar nada a cambio. ¿Qué primará? ¿El poder terreno del conde, la osadía de Casanova o la locura amorosa de Francesca?</p>
<p>La magia del libro se debe a la lúcida defensa que realiza cada protagonista de su papel en la vida. Cada punto de vista es más convincente que el otro. Al escuchar al conde deseamos fervientemente permanecer como burgueses, al seguir la corriente de conciencia de Casanova, juramos que mañana nos lanzaremos a una aventura sin regreso. Y hacia el final, para mayor desconcierto, Francesca nos convence de que el amor debe ser nuestro guía. Un gran libro para sopesar las virtudes y bajezas de cada forma de encarar la existencia. Especial para espíritus divididos.</p>
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