La pandilla de Asakusa
Al finalizar la década del 20, Asakusa, un barrio de Tokio junto al río Okawa, alcanza su apogeo preguerra. Dentro de pocos años el militarismo dominará el país y será la causa del fin de su vida desprejuiciada: espectáculos, restaurantes, casas de geishas, un mundo frívolo, frenético, rebosante de pillos y mendigos. Un barrio que recuerda Montmartre a fines del siglo XIX y Times Square en los años 40.
Una de las aristas del libro es la vida de las mujeres bellas del barrio, esas adolescentes que los astutos intentan embaucar hasta que las corrompen o las venden. Al final de su juventud se encontrarán en las últimas fases de la prostitución, con sus kimonos sucios y arrugados debido a que duermen de espaldas en los bancos del parque. Incluso, pueden alcanzar un nivel todavía más bajo, convertirse en gokaiyas, las que se acuestan con jornaleros y vagabundos. Mientras puedan correr aún serán consideradas mujeres, pero pronto estarán “sentadas como piedras, en silencio, como lunáticas profundamente desesperadas”. Ellas constituyen el principal nexo con otras novelas del autor, forman parte de ese grupo de mujeres que atrajo tanto a Kawabata a lo largo de su vida: desde la bailarina de Izu hasta las jóvenes narcotizadas de La casa de las bellas durmientes.
Yasunari Kawabata se volvió a hacer presente en nuestra lengua con la reedición de Lo bello y lo triste en 2001. Una buena elección para promover un autor japonés que mantuvo una pequeña corte de admiradores en occidente, pero que hacía tiempo no encontraba un espacio editorial para su obra. Bastó esa novela de belleza sobrecogedora y desenlace brutal para que el secreto de unos pocos se volviera pasión de un gran número de lectores. Emecé contribuyó al fenómeno con una cuidada edición. De ahí en adelante, cada una de las obras publicadas del Premio Nobel 1968 se ha convertido en un impensado éxito de ventas. En Chile, sus títulos pasan a formar parte de las listas de los más vendidos apenas llegan a las librerías. En conversaciones con personas que leen por placer, cuyas lecturas no están dictadas por razones de política literaria ni por esnobismo intelectual, ni tampoco por una simple moda, me refiero a un lector inteligente, sensible y soberano, dueño de una biblioteca respetable y de un férreo hábito de lectura, he podido apreciar que Kawabata fascina con su prosa contenida, precisa y sugerente. Estos seguidores hablan con intimidad de sus personajes, especialmente de los femeninos, de la belleza de su estilo, de sus deslumbrantes composiciones de escena. Lo hacen como si no existiera una distancia entre la cultura occidental y la japonesa, como si estas historias de otro tiempo tuvieran el don de conservarse siempre contemporáneas.
Me pregunto qué irán a pensar estos lectores de La pandilla de Asakusa. No es una novela típica de Kawabata, más bien al contrario, es un libro del cual llegó a declararse avergonzado. Lo creyó un intento fallido de modernismo literario y una deslealtad a la tradición cultural nipona. Su prosa abusa de la elipsis, el narrador cambia de perspectiva sin aviso, la historia se desarrolla de manera confusa y variable. Esta vaguedad parece encontrar su contrapeso en las descripciones de lugar: es tal la minuciosidad empleada por el autor, que las calles de Asakusa, sus templos, puentes, parques, edificios y teatros, se repiten como en las letanías hasta colmar la paciencia. Es claro que el barrio es el protagonista, a costa del resto de sus personajes que no terminan por constituirse. El libro es un cúmulo de impresiones, una sumatoria de fragmentos salidos de notas que el autor tomó durante años, con miembros de la pandilla escarlata dando breves testimonios o haciéndose parte de historias que comienzan sin mayor advertencia y muchas veces no parecieran tener un final. El indicio más claro de que enfrentamos una obra atípica es que el libro cuenta con la presentación de un argentino, un prefacio y un epílogo de un norteamericano estudioso del Japón, un mapa para guiarnos en las exhaustivas descripciones geográficas y un glosario para comprender las referencias de todo orden que atiborran sus páginas. Aún así, la obra alcanzó gran popularidad al momento de su publicación, realizada por entregas en el diario de mayor venta de la época, al punto de atraer más y más gente hacia las ya atestadas calles de Asakusa. Puede que el mismo entusiasmo se apodere de sus seguidores de hoy, pero también puede que la debilidad de sus personajes y su trama les haga insalvable la distancia en la cultura y el tiempo.