Hermanos
En las entrevistas a escritores chilenos durante la Feria del Libro de Lima, donde nuestro país es el invitado de honor, una pregunta recurrente es si experimentamos desdén o antipatías históricas hacia los peruanos.
La pregunta nace de la idea cada vez más extendida de que, en el sentido inverso, nosotros no somos ningunos santos de su devoción. Más de un brote nacionalista del último tiempo pareciera confirmarla. La respuesta ha sido negativa cada vez, por supuesto. En nuestros colegios no fuimos inseminados con una animadversión hacia Perú, por el contrario, en mi caso me enseñaron a admirar a un pueblo gozador, más educado que el nuestro, con una rica cultura sincrética sobre la cual se funda el refinamiento de su cocina, de su castellano, de su arte y su literatura. Los escritores chilenos admiramos la tradición literaria peruana, desde Vallejo hasta Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro. En retribución, los amigos escritores peruanos exhiben un asombroso conocimiento de nuestros próceres de la palabra: los grandes poetas, Donoso, Bolaño; y también de los de hoy.
Pero la mayor sorpresa ha sido constatar cuán relativa es la percepción de que el peruano común nos mira con desconfianza. Nuestras presentaciones desbordan de gente; los lectores esperan largo rato para conseguir una dedicatoria de su autor favorito; el stand de Chile (espacioso, bien iluminado, surtido sólo con libros como debe ser, aunque ya sin títulos de los autores invitados) es recorrido con interés por cientos de visitantes; los canales de televisión, las radios, los diarios y revistas han volcado su atención hacia estos representantes de Chile.
Edwards, Zambra, Fuguet, Rivera Letelier, que llegan conmigo y me los encuentro en algún pasillo, en una recepción (ya vienen Lemebel, Eltit, Hahn, Gonzalo Rojas), siempre están rodeados de gente o respondiendo a una entrevista o camino a un almuerzo o una cena, si no en su honor, a propósito de su visita. ¿Qué hay entonces de la supuesta animosidad? ¿Asisten cuatrocientas personas a la presentación de Edwards para ver si se equivoca? No lo hace, al vuelo inventa un nuevo tipo de narrador, uno asaz insidioso, el narrador mosca. ¿Llevan a Zambra a la televisión para estudiar al enemigo? ¿Los escritores peruanos nos presentan y nos acompañan a todas partes, para hacer budú en las contraportadas de nuestros libros de regreso en sus casas?
Ya es hora que aceptemos que somos pueblos hermanos. Sólo basta observar que desde un punto de vista idiosincrásico no hay nada más parecido a la literatura chilena que la peruana y viceversa.