Un mundo sin novela
¿Hay algo más repugnante que un ser humano sin mundo interior y sin conciencia de sí mismo? Del mismo modo sería la humanidad sin literatura: Una sociedad pragmática, desbordante de fines y vacía de sentido; dominada por astutos y predicadores; los fanáticos harían tropel, movidos por algún fin superior, sin tener en cuenta su imperfección, su parcialidad y su temporalidad.
No habría manera de justificar los actos sin un propósito definido, como el ocio, el pensamiento, la búsqueda de la belleza; aquellos que incurriesen en ellos serían perseguidos bajo la sospecha de engendrar la anarquía. Brotarían los sistemas de censura por doquier, convencidos los plutócratas de que así podrá enrielarse la vida privada en el camino correcto. El azar sería tildado de lacra, la complejidad de peligrosa. Las pasiones de abominables. La depresión de flaqueza. Las libertades individuales desaparecerían una a una en aras de un supuesto bien común. Por lo demás, se volvería un mundo aburrido, donde las relaciones humanas sólo tendrían un carácter utilitario, o bien, recreativo. Las conversaciones se llenarían de lugares comunes, la amistad de intereses y los amores de formalidades. En la televisión no habría más que concursos y noticias. Leeríamos manuales, reglamentos y catecismos. La mañana, la tarde y la noche constituirían un tren de tareas, incluso dormir sería parte de nuestro deber. Así las cosas, las personas vivirían sometidas a un brutal automatismo. Sin embargo y a pesar de todo, unos cuantos, a riesgo de perder la vida, perseverarían, ocultando sus escritos en el techo, bajo tierra o cifrados en algún código inquebrantable, a modo de conservar la memoria. Y a partir de esos libros sagrados, subrepticiamente primero y después como una reacción en cadena, se regeneraría lo que hoy llamamos civilización. Hasta cierto punto fue lo que ocurrió bajo la égida cristiana durante la Edad Media, cuando los libros fueron encerrados en las bibliotecas monásticas y el vulgo tuvo que limitarse a las prédicas de sus pastores. Tuvieron que pasar siglos para que las grandes obras de la antigüedad clásica resurgieran a la luz y cambiaran el asfixiante estado en que se hallaba la humanidad.