Nubosidad variable
A veces pienso que nuestro estado de ánimo se podría comparar con las nubes. En el recuadro de cielo que demarca la ventana de mi dormitorio, deambulan algunas nubes recién formadas, traídas hasta aquí por la brisa del mar próximo.
Cambian de forma con rapidez, se mueven a velocidad perceptible, no alcanzan a constituirse, desmembrándose en su perímetro, dibujando por momentos figuras de un realismo sorprendente para volver pronto a su natural abstracción. Así nos sentimos de vez en cuando, como si no supiéramos de manera acabada quiénes somos, como si nos moviéramos por la vida en busca de una forma que nunca llega a definirse del todo.
Hoy en la mañana me tocó presenciar la llegada desde tierra adentro de unos cúmulos blanquísimos, algodonosos, raros en estas zonas costeras. Una amiga suspiró y dijo: “Nubes españolas”. Me habló de que era posible ver seguido esa clase de nubes en los cielos peninsulares. “En Santiago ya no hay nubes”, continuó diciendo. “Con el esmog todo es gris y plano, y no se ven”. Y le hallé razón, tenemos pocas oportunidades para ver cielos variables con bellas nubes suspendidas en el azul. Se me presenta como una metáfora de lo que ocurre en nuestra metrópolis, en la cual se extiende un temperamento gris y las personalidades definidas y esponjosas escasean.
Ayer en la tarde, una franja de nubes cruzó a medio camino entre nuestro refugio y el horizonte, y semejaban cejas y labios elegantes, con un toque de ironía en las comisuras. Unas seguían a otras, como si fueran un grupo de delfines en procesión. Me recordó fiestas, momentos de algarabía, una sana dosis de mundanidad. También parece que esos temperamentos se han ido extinguiendo. Aún celebramos, pero cada vez es mayor la complicación. No tenemos el dinero ni el tiempo ni el lugar ni la disposición para bailes y celebraciones. Cuando los delfines desaparecieron tras los cerros, nos quedamos acompañados por las nubes al ras del horizonte. No era el bloque plano que anuncia neblina a la mañana siguiente. Eran líneas, retazos que dejaban pasar la luz crepuscular. Parecían solazarse al calor del último sol, tranquilas, experimentadas, como si dijeran, desde siempre estamos aquí y recibimos el día con humildad y lo despedimos con esplendor. Así quisiera que fuera mi paso por la vida.
¿Qué hay en las nubes? ¿Por qué excitan nuestra imaginación de este modo? ¿Por qué las contemplamos? ¿Por qué esperamos responder nuestras incógnitas con solo fijar la vista en ellas?
La primera idea que cruza mi mente es su levedad. Quisiéramos ser leves como ellas, flotar, viajar, transformarnos, dar pie a múltiples visiones, ser en un instante, para después dispersarnos sin deberle explicaciones a nadie. Más precisamente, quisiéramos ser bellos y leves. Conocemos una belleza llena de juicios, de terminología doctoral, de pesadas conclusiones. Aspiramos en cambio a una belleza que se revela a sí misma y que aligera la gravedad. Claro, quisiéramos flotar por sobre la pesadez de la existencia.
Otra de sus características que me llama la atención es la multiplicidad, tanto en sus orígenes y formas. Las nubes multiplican su apariencia bajo los efectos de la luz y del punto de vista.
Las nubes también son asociativas, como los seres humanos, a menudo forman sábanas llenas de relieves y en ocasiones acarrean en sus vientres un oscuro aviso de tormenta.
Una última lectura sería la consistencia de sus actos. Cierto tipo de nubosidad está siempre unido a cierto estado atmosférico. La niebla matutina, los cirros que anuncian un frente, los plácidos estratos, los densos cúmulos, los majestuosos y tronantes nimbos. No son nunca las mismas aunque deban cumplir el mismo papel, y cada vez lo interpretan con un matiz diferente o un disfraz por completo novedoso.
En fin, las admiro como admiro una obra de arte, por la visualidad* de sus formas, por su levedad*, su multiplicidad*, su asociatividad, su consistencia*.
Todavía más, si estas virtudes llegaran a constituirse en los fundamentos de una especie de nuevo código moral, les aseguro que pasaríamos gran parte de nuestros días “en las nubes”.
* Italo Calvino en sus ensayos, “Seis propuestas para el próximo milenio”, enuncia los siguientes pilares de una nueva estética: Levedad, rapidez, multiplicidad, visualidad, exactitud y consistencia.