Las andanzas de Telito
Inspirado por una entrevista a Juan Flores, presidente de la sociedad chilena de psicoanálisis, centrada en la influencia que ejercen los medios en la identidad personal, los invito a leer la siguiente fabulación:
Telito se planta frente al sofá de una familia de telespectadores y se lanza a hablar como un parlanchín incontinente. Cual libro gordo de petete, ahora en imagen y sonido, se empeña minuto tras minuto en entregarles significados supuestamente valiosos y necesarios para la existencia de hoy. Al poco rato, nuestros protagonistas caen aturdidos por su verborrea narcótica. Están a media luz y se han transformado en superficies que reflejan el destello espectral del locuaz aparato. Vistos así, ya no parecen estar hechos de carne y hueso, de razón y sentimientos, son fantasmas azules, intermitentes, de vez en cuando toman forma humana, pero la mayor parte del tiempo dan la impresión de no ser más que fuegos fatuos.
Una mañana alguien grita, la madre aúlla de angustia, no puede soportar los dolores de cabeza, ha engordado diez kilos en dos meses, está cansada y sin embargo no puede dormir. Aquí se podrían introducir variaciones a la historia: la hija adelgaza hasta convertirse en un verdadero espectro; o el hijo llega más tarde de lo habitual, pierde la compostura con facilidad, las ojeras no se disipan; o el padre va a su oficina como si se tratara de una cárcel de trabajos forzados, su vida no es como en la televisión, la gente no es joven, bella y exitosa. Cada tarde en medio del taco siente el impulso de matar a alguien. La depresión, los desordenes alimenticios, las toxicomanías y los ataques de ansiedad y pánico son en la actualidad las enfermedades más recurrentes en las consultas de los psicólogos y psiquiatras.
La familia se vuelve a reunir con Telito cada noche: no vayan a perderse algo importante, no vayan a quedar fuera del tema al día siguiente. El hombrecillo de cabeza cuadrada, colmado de vanidad por la atención que le brindan, da inicio a su show estelar, donde hace gala de sus mejores rutinas, es humorista, es cantante, es actor melodramático, es mujer sensual, es detective, se emociona con la fanfarria y el gesto exagerado. En la penumbra, el contorno de las grasas y las angustias de la mujer se desdibujan. Y ahí están, nuevamente hipnotizados por el coqueto parpadeo de Telito.
Ella sufre porque no sabe quién es. No busca que Telito le provea de algo útil para sus intereses, al contrario, desea que le revele cuáles son sus intereses.
- ¿Telito, Telito, quién soy? –le pregunta la mujer una tarde, cuando nadie más está en la casa.
Y el espejo parlante responde:
- Mi telespectadora.
- Pero, además de eso, ¿quién soy?
Un tanto disgustado por la falta de delicadeza, Telito despliega su planilla programática y le ofrece:
- ¿Cuál de todos ellos quieres ser? Basta que lo pidas y yo haré que te veas a ti misma de esa manera. Mis juegos de luz son prodigiosos.
- Quisiera ser yo misma, no una reflexión –ruega con voz humilde, como la que utiliza cuando va al doctor –. Quisiera tener mi propia identidad.
- ¿No será mucho pedir?
- ¿Y cómo se vive, entonces?
- Mirando la pantalla, por supuesto.
- Pero –objeta la madre en un susurro para no contrariarlo-, yo sufro.
Y Telito, en un desborde de genialidad, da con la solución perfecta. Pleno de entusiasmo, la despliega en la pantalla:
- En el próximo programa hablaremos de tu problema, verás como te sientes mejor.