La salida boliviana
A propósito de los cien años del tratado de 1904, Bolivia ha lanzado una nueva ofensiva diplomática y comunicacional. Hace pocos meses atrás llevaron adelante una estrategia semejante para la conmemoración de los ciento veinticinco años del inicio de la Guerra del Pacífico, llamado por los bolivianos “El día del mar”. Recuerdo en especial a un grupo de niños vestidos con guardapolvos rosados, enarbolando pancartas que preguntaban “¿Cuándo volveremos a tener mar?”, escritas con letra infantil.
Si la sensación de despojo continúa hincándose en el corazón de los bolivianos, como ha ocurrido en el último año con especial fuerza, por gestión de autoridades que intentan legitimarse gracias de la vieja querella limítrofe, Chile habrá de enfrentar una guerra con sus vecinos tarde o temprano. Por ahora, los desequilibrios económicos y militares, dejan esa posibilidad fuera del espectro. Sin embargo, los que ahora están arriba en otro momento de la historia estarán abajo, y el día que Bolivia sea o se sienta poderosa, nos atacará sin miramientos. No los tienen hoy para indicar a Chile con el dedo como el causante de sus penurias, no los tienen para verter en cualquier foro diplomático su despecho, no los tienen para expresar su inquina a toda voz y por todas partes. Bolivia no ha usado las armas porque no puede; esa fue la sensación con que quedé cuando leí las declaraciones del presidente Mesa, muy diplomáticas por lo demás.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Es innegable que las autoridades del Palacio Quemado tienen parte en este baile, pero creo que no han hecho más que pulsar donde más les duele a los bolivianos. No es bueno engañarse: el pueblo boliviano le tiene rencor a Chile, por sobre las invocaciones de hermandad de los hombres sabios y buenos de ambos países.
Hay quienes culpan a nuestro gobernante y sus asesores de impericia diplomática para manejar esta “crisis”. No comparto esa opinión. Nunca había presenciado un brote de animosidad nacionalista tan repentino, inesperado y unilateral como éste. Como si la rabia hubiera brotado de la tierra. Mi impresión es que ha estado latente, inexpresada, ominosa, en las psiquis de los bolivianos. Sólo hizo falta un leve envión para que millones de pequeños mosaicos se reunieran en un gran y amenazador mural.
¿Cómo evitar que una generación futura sufra el trauma de la guerra? En ellos debemos pensar. La mayoría de nosotros estará muerto cuando Bolivia salga de su desgarrador subdesarrollo y quizá por eso nos permitimos cierta falta de urgencia al tratar este tema. Esta es una actitud negligente. Para decirlo en términos económicos y conmover a quienes creen que las motivaciones últimas de los seres humanos son de esta índole, significa para Chile una importante pérdida de valor presente. Un país que vive bajo amenaza “vale” menos porque sus flujos de bienestar futuro son castigados. A esto se suma una obligación ética. Si está en nuestras manos solucionar un conflicto que repercutirá a sangre y a fuego en la vida de una generación venidera, debemos hacerlo aun cuando signifique alguna forma de sacrificio en el corto plazo.
Negociar con Bolivia una salida al mar no es claudicar ni ceder derechos ganados en una guerra y establecidos en un tratado, es un acto de cordura gubernamental. Bolivia no ha exigido que le devolvamos la región de Antofagasta. Con un corredor bastaría –que corra por supuesto junto a la Línea de la Concordia con la anuencia peruana- y de este modo se podría aplacar un sentimiento popular que en caso contrario sobrevivirá los avatares de la política y de la organización de las naciones. Y resurgirá intacto durante alguna coyuntura futura, tal como lo ha hecho en estos meses, con fuerza, casi con desesperación, a pesar de haber trascurrido ya ciento veinticinco años desde el fin de la guerra del Pacífico.