La ignorancia
Reconocerse ignorante es el primer paso en los caminos del conocimiento. Si nuestra moral no se dobla ante la inmensidad de lo aún por conocer, avanzamos por una ruta diseñada en buena parte por la curiosidad y también por el azar, en la fe que cada paso nos aleja un poco más de la confusión original.
A medida que progresamos, todo nos parece transitorio, un paisaje se sucede a otro, sin embargo, tarde o temprano, se abre ante nuestros ojos un panorama del saber que nos place, que nos resulta útil y valioso, y nuestra tendencia natural es asentarnos en él. Así es como una mayoría establece en algún punto de su vida un corpus de conocimientos, a los cuales se suman costumbres y creencias. A partir de ese momento la membrana exterior de tal entidad sufrirá un paulatino deterioro, hasta volverse completamente rígida e impermeable. Quizá tan sólo un golpe de la vida pudiese restituirle la lozanía y lanzar a su dueño de vuelta al camino en busca de nuevos horizontes.
Perdida su cualidad motora, la ignorancia se transforma en una de nuestras mayores limitaciones. El insano orgullo nos tienta a conferirle a nuestro corpus el carácter de verdad, para no enfrentarnos al juicio de que somos ignorantes y sentirnos humillados, equivocadamente, por cierto.
Hasta el momento se trata de comportamientos humanos comprensibles, que no son objeto de condena. El problema surge cuando el poseedor de un corpus anquilosado, intenta imponerlo a otros, como un asaltante de caminos que tiende emboscadas a los viajeros. O como un predicador que relata historias de infiernos y monstruos para amedrentar a los que desean continuar viaje. Los peores aseguran que más adelante impera el vacío. Nada más odioso que la ignorancia activa, la de quienes no desean saber y hacen lo que esté en su mano para entrampar a los demás.
Esta perversa expresión de la ignorancia es el sustrato fértil para el nacimiento de un fenómeno de carácter aún más grave, que compromete a toda la sociedad: la imposición a la ciudadanía de un corpus de estado, que deja afuera cualquier perspectiva disidente y que se implanta a través de un estricto código de conducta individual y de ciertas máximas que son ungidas como verdades irrefutables. Se busca “activamente” dejar a las gentes –los santos inocentes- en la ignorancia. Este fue el estilo de la Iglesia durante siglos y del cual aún nos toca experimentar uno que otro estertor. Fue también la manera en que las coronas europeas oprimieron a sus súbditos y cómo Hitler abrió campo a su locura. Esta forma de subyugación es la principal estrategia a que recurre una tiranía: qué mejor ejemplo que nuestra dictadura militar. Incluso en sociedades democráticas, con tradiciones políticas alejadas de la sana influencia del pluralismo, es posible observar que la estrecha visión de un grupo de oligarcas tiende a imponerse al resto del pueblo a la manera de una segunda legalidad no escrita. Pienso que la sociedad chilena pertenece a esta clase, debido en parte a la nefasta cicatriz dejada por el centralismo del Imperio durante la Colonia y a una fuerte tradición oligárquica.
En los presentes debates sobre si la homosexualidad es impedimento para ejercer cargos de responsabilidad pública, si el estado debe ser neutro en temas de moral privada, sobre cuál debe ser la edad mínima de consentimiento sexual y el antiguo conflicto entre libertad de expresión y el derecho a la privacidad, ciertos sectores han vuelto activa su ignorancia y han desvelado su alma autoritaria. Su empeño es aplacar con un grito de poder la fuerza de las voces más ilustradas.
En fin, si algo me ha aclarado esta reflexión es que cabe exigirle a cada uno de nuestros dirigentes institucionales que no actúe guiado por miedos o atavismos y que no se rinda por comodidad al asalto de predicadores y bandoleros. Lo virtuoso sería reconocerse mayormente ignorante en estos temas y continuar la marcha hacia las fuentes que le permitan adquirir una sólida noción de lo que está en juego.
De regalo, un extracto de una columna que inspiró en parte esta reflexión, publicada en La Aurora de Chile el primero de octubre de 1812.
La ignorancia es cuna de la opresión
¿SOBRE que otros fundamentos mas solidos que la igorancia pudiera haber cimentado su sangriento trono la tirania ¿ ? Como pudiera explicarse sino à la luz de este principio la opresion en que muchos pluebos yacen sumergidos de largos siglos à esta parte? ¿ Como la ciega obediencia que prestan à la caprichosa voluntad casi siempre contraria á sus intereses, y siempre onerosa, de un hombre solo, que generalmente en nada se diferencia de los demas, como no sea en el mayor número de vicios ; y medios para satisfacerlos, y en la impunidad con que puede soltar la rienda á sus paciones, y abandonarse a todo el del crimen?
Solamente la ignorancia de los hombres pudiera haber recibido y consagrado en todos tiempos por principios eternos, las absurdas maximas inventadas por la ambicion, para exercer libremente el despotismo y perpetuar la exclavitud de los pueblos. Quando estas maximas son puramente politicas, su imperio no suele ser de muy larga duracion : una centella de luz basta para descubrir la falsedad en que se apoyan ; mas quando se envuelven y disfrazan con el velo de la religion ¡ desgraciado de aquel que intentase correrle! sus ministros clamarian : al blafemo! Al ímpio! El pueblo siempre superticioso le calificaria de sacrilego y perturbador de la tranquilidad publica ; y una persecucion inexorable seria el fruto de tan gloriosa empresa.
A esta clase de maximas pertenece la de que los reyes son puestos por Dios en la tierra : màxima abominable, que por heberse mirado generalmente entre nosotros como una parte del dogma, labró el vergonzoso yugo que cobardemente hemos sufrido por tan larga serie de años, y que no hubieramos sacudido tan facilmente, à no ser por la extraña combinacion de circunstancias que han mediado. La ambicion no es menos fertil en recursos y medios, que sagaz en aplicarlos. Los reyes poco satisfechos con el alto honor de ser los primeros honbres del estado, y aspirando siempre à salir de la esfera de hombres, digamoslo asi, y formar otra especie superior aparte, se han valido de todos los ardides imaginables para romper las trabas de las leyes, y hollarlas à su salvo : que tal es la propension y natural tendencia que tiene la autoridad à enchansar sus limites, que no puede sufrir freno ni sujecion alguna. Pero ¿cómo inculcar á los pueblos la obligacion de obedecer ciegamente sus mandatos, hora les viniese en voluntad disponer de las haciendas, hora se les antojase jugar con las vidas de los ciudadanos? Fuente: www.auroradechile.cl