La hipocresía
En las miles de líneas escritas a propósito del caso Spiniak, el juez Calvo, la posibilidad de que haya políticos involucrados y ahora respecto de la campaña de prevención del sida, la bella palabra hipocresía ha ocupado un lugar de honor.
Bella por su sonido, como si un poeta genial la hubiese compuesto; bella por la contraposición vertical de la h y la p, compensada a su vez por un largo apéndice horizontal; bella por el recuerdo de una remota herencia clásica; bella por su longevidad: miles de años de cultura han engrosado su significado confiriéndole penetración y amplitud. Bella gracias a la memoria de tantos personajes de la historia y de la literatura que han hecho de ella su arma o su escudo. Codicia, lujuria, odio, cobardía, engaño, vanidad y sobre todo la temible envidia, en fin, los siete pecados capitales y otros tantos más, han encontrado en la hipocresía un cauce para aflorar en los espíritus aparentemente virtuosos.
Hipocresía, palabra que se consolida en el castellano durante la segunda mitad del siglo XV, derivada de hipokrisía del griego tardío y de hipókrisis del clásico, significa propiamente “acción de desempeñar un papel teatral”. Este significado incluye una forma de sana hipocresía, relacionada con las buenas costumbres y el pudor, que nos permite no ir desnudos por la vida exhibiendo nuestro pensamiento y nuestras emociones. Sin embargo, la palabra también acarrea el significado de hipo –bajo-, Crisis –decisión-, es decir un estado por debajo de aquel necesario para tomar una decisión. De aquí surge la idea de que la cobardía es inherente al hipócrita, aquel que no se atreve a enfrentar cara a cara la disyuntiva, el conflicto, al otro, y su respuesta se esconde y se disgrega en miles de hilos que ahogan el avance positivo de la existencia. Es por tanto una actitud negativa, me refiero a que actúa por complemento, es lo que no está, lo que no se dice, lo que subyace, lo que está en los contornos de las acciones del hombre; en contraposición a los actos positivos en que sentido y acción son concordantes y evidentes para quien los realiza y para los demás.
Esta lectura resalta la cualidad corrosiva de la hipocresía. Es la herrumbre que se adhiere a la superficie de las formas sólidas y desde afuera va corroyendo su naturaleza. Se instala y poco a poco debilita el alma de los materiales y los reduce a hojarasca decadente. La hipocresía corroe los medios esenciales de la convivencia humana pues reblandece los pilares de la acción e impide el avance que tal acción intenta. Es una especie de muerte paulatina, cruel e inexorable, que le substrae lentamente el verdadero sentido a la vida.
El hipócrita nos inflige una pequeña muerte con cada una de sus actitudes engañosas, de sus palabras sin verdad, de sus aparatosas simulaciones. A medida que el pozo de la muerte se llena, tanto el hipócrita como sus víctimas sienten esfumarse el impulso vital y se preguntan desesperados por qué.
Si de redenciones se trata, al hipócrita le resulta casi imposible romper el círculo vicioso en que se halla inmerso: en su interior se ha instalado la muerte, una parte de él se pudre ya sin salvación y, por lo tanto, cada día envidia más la vitalidad de otros y crece su empeño por destruirlos. Aún más, perdido en un enmarañado bosque de apariencias y mentiras, ya no cuenta con una brújula que lo guíe fuera de él. El hipócrita, para rehabilitarse, debe reconocer su crimen y escudriñar las motivaciones que lo llevaron a cometerlo con tal persistencia. Supone que para sanar hay que enfrentarse con los propios demonios y darles batalla con una valentía difícil de congregar en el alma de un cobarde.
Bajo esta luz, si nuestro interés es volver fructífero el debate público, debemos desenmascarar a los hipócritas y extirparlos de la convivencia ciudadana. Hay instituciones, como la Iglesia Católica en cuanto a los temas valóricos, que han hecho de la hipocresía un arte. Hay medios, como el canal trece, que levantan los ojos al cielo cuando de principios morales se trata para dejarlos caer sobre la calculadora cuando hay buen dinero de por medio. Hay sectores políticos, como la UDI, que han intentado erigirse en ejemplo democrático a pesar que al menor tropiezo político le sale fuego por la boca y deja ver su grotesca cola autoritaria. Y al nivel de las personas, sin duda hay funcionarios en el gobierno, en el parlamento y en el poder judicial que a estas alturas se han transformado en hipócritas consumados. No sería difícil hacer una buena selección. Podríamos sacarlos a la calle y la gente los apuntaría con el dedo.
No nos cansemos de denunciar a los hipócritas, es el único medio que tenemos a mano para desvirtuar sus falsas palabras. Tarde o temprano nos desprenderemos del lastre que significan y podremos aspirar a un debate público sano y vital.