La Gripe
A lo largo del día, los síntomas se presentaron de manera paulatina, uno tras otro, y a las siete de la tarde no tuve más opción que meterme a la cama. Me dolía el cuerpo y temblaba de fiebre, sin embargo, sin siquiera advertirlo en esos turbios momentos, crecía dentro de mí un secreto regocijo.
Me había contagiado la gripe, que tan campante se presenta cada invierno, y tal circunstancia me hacía, paradójicamente, feliz. Podía anticipar el cuidado y la compañía de los míos; la tranquilidad de estar irremediablemente confinado a las cuatro paredes del dormitorio; el silencio; esas largas horas de ocio disponibles para la lectura y la reflexión; la sensación de cobijo entre las sábanas al ver insinuarse en la ventana una mañana fría, brumosa y asfixiante a la cual ya no hay obligación de salir. Como resultado de este furtivo sentimiento, mi ánimo, en vez de tornarse oscuro como era de esperar, se volvió plácido y amable, y me entregué dócilmente a la rutina de cuidado que me fue impuesta. Uno de mis principales deberes era tomar litros de limonada al día. Me bastó sentir su sabor agridulce para comprender los verdaderos motivos de mi satisfacción: la amorosa imagen de mi madre junto a mi cama, dándome a beber un vaso de limonada caliente mientras me acaricia la cabeza, surgió en mi mente y abrió paso al mundo de placenteros recuerdos de cuando estuve enfermo durante mi niñez. Tal como decía Proust en En busca del tiempo perdido: “…cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.”
Me pregunto si el sabor de la limonada no contendría en su código del pasado, otros tiempos aún más remotos que los de mi infancia, códigos que sólo nuestros genes antiguos son capaces de interpretar. Tal vez aliente esta reflexión el haber leído mientras estuve en cama, Orgullo y Prejuicio de la autora inglesa de finales del siglo XVIII, Jane Austen. Aun cuando la novela critica los principales vicios del intrincado e injusto “reglamento” social de la época, en ella también es posible admirar la morosidad con que se acometía la vida en esos años. Los viajes tomaban seis semanas; la visita a una amiga que vivía a cincuenta millas, un mes; las caminatas por el campo, tres, hasta cuatro horas. Eran los ritmos de aquellos tiempos donde la espera de lo que ocurriría dentro de un par de semanas, era parte igualmente valiosa que el evento mismo. Y llegado el día, los participantes se concedían el tiempo necesario para que la ocasión tuviera su principio, su clímax y su conclusión, se tratase de una visita de cortesía, de un baile, de una petición de matrimonio o de un funeral. Son esos tiempos largos y lentos los que añoré desde la cama. Existe un dicho, “cada cosa a su tiempo”, que me hubiera gustado cambiar por, “a cada cosa, su tiempo.”