Esperando a los bárbaros

Escrito poradmin el Jul 28 2008 | Literatura

He considerado varios temas para esta columna. En un primer momento pensé escribir acerca de las declaraciones del cardenal Errázuriz, en las cuales pedía a los políticos que se pusieran en sintonía con los tiempos. Muchos años que no escuchaba a un personaje público alcanzar tal nivel de desfachatez. La cabeza de la institución más anacrónica de nuestro país, se permite dar un consejo de esa índole. Quizá sea un buen augurio. Pero no estoy de ánimo para protestar, me falta sangre.

Después me entusiasmó la idea de analizar aquellas situaciones cuando algún hecho nos conmueve y sin embargo los sentimientos permanecen escondidos en nuestro interior. De pronto, horas, días, incluso semanas más tarde, en el instante menos esperado, afloran a nuestros ojos lágrimas inexplicables. Vienen a la mente las imágenes y nos hacen entrar en un prolongado estado de emoción. Puede ser a propósito de una frase, la escena de una película o una mirada desdeñosa, pero también nos puede ocurrir con hechos tan graves como la muerte de un ser querido. ¿Pero hasta dónde se puede llegar con esta idea peregrina?

Hace unos minutos me dije, ya, lo tengo, voy a escribir sobre la familia, sobre la caída del viejo orden y sobre cuáles debieran ser los pilares de una nueva alianza. La novela que acabo de lanzar trata sobre los conflictos que causan las viejas reglas entre sus componentes. Pero tampoco encontré dentro de mí la resolución necesaria para adentrarme en un tema tan peliagudo.

¿Qué me pasa? Pasa que la novela salió al público hace cuatro días y en este minuto lo único que escucho en mi mente es el murmullo de las bocas que están a punto de pronunciar las frases del libro y lo único que veo son pares de ojos desplazándose, superponiéndose, moviéndose sincronizados de izquierda a derecha, como si se tratara de la peor de las alucinaciones psicodélicas. Se me presentan los severos entrecejos, las narices molestas, me cuesta imaginar la emoción, el placer, una frente despejada. Veo venir a los fieros críticos haciendo flamear sus comentarios, ¿o debiera decir veredictos? Nadie me llama por teléfono o me envía un e-mail para decirme al menos: la terminé, me gustó, o, no me gustó, juntémonos a tomarnos un café y conversemos, cualquier cosa, lo que sea. Pero estoy aquí escribiendo esta columna, en ascuas, sin poder pensar en otra cosa. Se me ha blanqueado la memoria, me ha abandonado el pensamiento. Una tras otra las ideas se desintegran en medio de la multitud de ojos; las palabras no alcanzan a constituirse, acalladas por las miles de palabras que esas bocas no llegan a articular. Sé que lo están leyendo, no son muchos, acaba de salir, pero de seguro leen mis hermanos, familiares, mis amigos cercanos, mis compañeros de letras, algún periodista, tal vez un crítico. Sé que lo están leyendo y me pregunto si en algún momento suspenderán el juicio y se dejarán llevar por la narración, pues a eso aspiramos los narradores, me pregunto si en algún minuto olvidarán “hacerse de una opinión” y verán que un sentimiento largo tiempo guardado se revela ante sus ojos en la forma de las palabras impresas. Me pregunto si los tocará la emoción.

Y entonces caigo en la cuenta que tal vez sufro un delirio egocéntrico y nadie está leyéndola y más bien se sienten agobiados por la responsabilidad de “tener” que hacerlo. El silencio y la quietud han abandonado este mundo, como alguna vez lo hicieron los espíritus del bosque.

Con un nudo en la garganta que se cierra a medida que pasan las horas, miro hacia adelante y me digo que esto no puede continuar así. Debo recurrir a mis reservas morales (¿tengo?) para iniciar el trabajo del asceta, debo renunciar al mundo, deshacerme de la necesidad, del deseo que nos encadena. Cuando ya no me importe lo que digan, sea bueno o sea malo, cuando esté de vuelta en mi ermita literaria, donde el único placer que vale es leer y escribir, recién entonces la nube de ojos y bocas se disipará y podré volver a pensar y a sentir claramente.