El Trompo
¿Por qué presto oídos a los chismes, a los infundios? Y me refiero a las invenciones de mentes torcidas, no al simple pelambre, al “viste que fea está”, que algo de sano tiene. Hablo de tramas tejidas con el propósito de difamar a una persona. Gemita-Novoa ha sido el caso más notorio, pero en este preciso instante corren por las ciudades y pueblos de Chile millones de rumores infamantes, sotto voce, como un gas insidioso que se cuela bajo las puertas de las casas, una variación de los viejos pasquines.
Tengo una respuesta, por cierto nada original: ausencia de vida propia. Si poco o nada ocurre en mi existencia, una de las escasas oportunidades para sentirme vivo es haciéndome eco de las supuestas trasgresiones de otro. La vitalidad de ese otro me entibia los huesos, y me reconforta que deba pagar con su desprestigio por haberse dado tales libertades. Pura envidia, pecado capital: se siente como se siente el amor; es un órgano más de nuestra sensibilidad, un movimiento más de nuestros intestinos. Poder, dinero y prestigio son los principales fermentos de la reacción que toma lugar en las entrañas. Tal vez debiera agregar la fama, pero pienso que sólo tiene valor cuando es expresión de los tres anteriores.
Mayores alturas alcanzan la imaginación del intrigante y el placer de quien lo escucha, mientras más reducidos son los espacios de vida en que se mueven, mientras más frustraciones cargan sobre sus espaldas. Y si la víctima es sospechosa de haber saboreado delicias prohibidas o inalcanzables para los confabulados, la corriente adquiere mayor intensidad.
¿Cómo sustraernos a estos torbellinos que tantas veces ayudamos a crear, que resquebrajan nuestra convivencia y que en muchos casos arrasan con la vida del infamado?
En los casos públicos, la prensa debe resistir la tentación de convertirse en un proveedor de bienes que busca satisfacer el resentimiento de sus consumidores. En el ámbito privado, el único camino es no prestar oídos, pero sabemos que no es fácil de seguir. La dificultad reside en que ninguno de nosotros ha alcanzado su paraíso en la tierra. Dicho de otro modo, todos tenemos a quien envidiar, para cada uno existe al menos un rumor que ayudaríamos gustosos a propalar. Un esfuerzo continuo por expandir nuestros espacios de vida nos devolverá la sensación de “sentirnos bien en nuestra propia piel” y el interés por los demás será más a causa de la simpatía que de la envidia.
Este punto de vista desenmascara a los falsos samaritanos que creen purificarse de su morbosidad, advirtiendo a la víctima del rumor que la difama. ¿Por qué escuchar en primer término? ¿Por qué darse la confianza de ver cómo se desfigura el rostro del amigo? ¿Por qué irrumpir como una mano avariciosa en los fueros íntimos de esa persona supuestamente querida? Una vez más estamos ante el mismo fenómeno: falta de vida propia. Los hipócritas no se contentan con una buena trama de intrigas para sentirse vivos, también desean asistir a un gran final.
Ahora bien, cuando uno de nuestros seres queridos es la víctima –el caso más trivial es la infidelidad en la pareja-, otras habilidades son necesarias para no dejarse arrastrar por la calumnia. La experiencia nos regala con valiosos destilados de verdad. El rumor no nos dirá ni más ni menos de lo que ya intuimos. En vez de contaminar nuestros oídos con habladurías, es mejor escucharnos a nosotros mismos. Nadie debiera venirnos con cuentos cuando se trata de nuestra vida. Si “estamos” en ella con plena conciencia, no caeremos en la trampa. De todos modos, nunca salimos indemnes: cuando una bomba de rumores nos cae cerca, resultamos heridos y nos asusta la constatación de que alguien quiera hacernos daño.
Una imagen con aires de septiembre: seamos trompos a gran velocidad, rotando seguros en torno a nuestro eje, trasladándonos en el plano de nuestros afectos, oscilando en búsqueda de la creatividad y el goce, y no permitamos que un intruso nos desestabilice. Si osara intentarlo, nuestros giros vertiginosos le cortarán el dedo.