El aire y las enfermedades

Escrito poradmin el Jul 28 2008 | Vida y naturaleza

Hace unos años escribía acerca del lado bueno de contraer la gripe: los momentos de descanso fuera de nuestro diario automatismo, la suave invitación a reflexionar sobre la vida que llevamos, los largos días de recuperación dedicados a la lectura.

Además, la lentitud de los días ociosos me llenaba de añoranza por tiempos pretéritos cuando a cada cosa se le daba su tiempo. Son pocas las cosas a las cuales concedemos el tiempo que se merecen y entre ellas están la enfermedad y la muerte, casi por una obligación; y no estoy muy seguro de que ocurra necesariamente así, hay quienes prefieren enfermarse o morir apurados antes que detenerse.

Sin embargo, las dulces gripes, aquellas que habían pasado a ser una enfermedad sin mayor importancia desde la aparición de los antibióticos, han vuelto a sus fueros asesinos. Los virus mutan y se hacen resistentes, las bacterias se vuelven cada vez más ponzoñosas en nuestros laberintos bronquiales. Ya es común en nuestra ciudad oír palabras como bronquitis obstructiva, neumonitis, neumonía, asma y otros males pulmonares. Y para quienes crean que están a punto de enfrentar algún tipo de delirio hipocóndrico, me adelanto para enrostrarles la siguiente anécdota: un buen amigo chileno que vive en Boston, me dijo que en esa ciudad de inviernos duros y vientos azules, nada semejante a lo nuestro ocurría, nada que se pudiera tildar de “crisis en los centros hospitalarios por falta de camas para atender casos de enfermedades respiratorias”. “Estos bichos allá no existen”, llegó a decir, ni allá ni en Europa, no en la magnitud y en la variedad que se observan aquí. Mi amigo no es ningún experto en estadísticas médicas, pero sí una persona atenta a lo que sucede a su alrededor. A esta conversación se agrega otra, con un doctor a cargo de un servicio de urgencia, acompañando a un amigo con neumonía: “¿Es el aire, doctor?” pregunté estúpidamente para tranquilizar al enfermo, pero el hombre me respondió seriamente: “Aquí nos estamos haciendo todos los locos, los doctores, las autoridades, todos los que tenemos alguna responsabilidad por la salud de las personas. Cualquier persona inteligente, y que lo pueda hacer, debe irse de esta ciudad”.

Podrán argüir los incrédulos que presto oídos a personas no especializadas o a doctores fatalistas, pero no es primera vez que entablo este tipo de conversaciones. Es más, debo haber participado, o me han relatado diálogos de la misma índole, más de un centenar de veces en el último mes. ¿Cuántas conversaciones relacionadas con este tema habrán tomado lugar en Santiago en estos días que van de julio? Imagínense una sala de espera o un pasillo de un servicio de urgencia de la zona poniente o de la zona sur de nuestra ciudad, el Sótero del Río o el Félix Bulnes, escenas que vemos a diario en los noticieros, madres cargadas con hijos llorosos, hombres, mujeres y ancianos, hablando, hablando, hablando para aplacar sus temores, para calmar esa angustia que tienen dentro; ya no saben si les van a dar atención, si van a poder pagar el antibiótico recetado, si su enfermo va a tener las fuerzas para salir de su gravedad. Millones de palabras, momentos y temores.

Nada de esto es normal. No tenemos por qué aceptarlo mansamente. ¿Deberemos organizarnos en una suerte de sindicato de enfermos pulmonares con cinco millones de integrantes para aspirar a la mejoría de las políticas ambientales?

Vivimos en la ciudad más contaminada del mundo y su relación con nuestra salud ya no es cosa de supuestos. El smog nos enferma y nos mata, no cabe la menor duda. Estamos enfrentados quizá a la mayor crisis sanitaria de la historia de nuestro país. Si no hacemos algo drástico ahora, con la audacia política necesaria para superar los grandes trances, pronto nos transformaremos en la ciudad más enferma del mundo.