Bolaño: Vidas Mínimas y azarosas
Mirada desde cierto punto de vista, la obra de Bolaño es una recopilación de vidas mínimas. La mayoría corresponden a personajes que algún vínculo mantuvieron con la literatura: Poetas, narradores, libreros, vendedores de libros, profesores de literatura, de filosofía, de lingüística, críticos, periodistas, guionistas, matemáticos con aspiraciones literarias, editores, traductores, cuentistas nazi, linotipistas, hasta una mujer desdentada que se declara la madre de todos los poetas.
El universo narrativo se extiende un poco más allá para incluir también las relaciones permanentes o circunstanciales de dichos personajes: Familiares, amigos, cómplices de aventuras, amantes, compañeros de trabajo, automovilistas en la carretera, rufianes y prostitutas.
Los dueños de estas vidas mínimas son por lo general gente olvidada, o carcomida por la desidia, o consagrada a asuntos francamente inútiles, o docta en artes que los demás desprecian. En deliberado contraste, sus dos novelas mayores giran alrededor de un personaje dueño de un halo de superioridad, la poetisa Cesárea Tinajero en Detectives Salvajes y el narrador Beno von Archimboldi en 2666. Ambos han desaparecido y son objeto de la búsqueda de estos seres mínimos que ni siquiera tienen una razón poderosa para buscarlos.
También el azar acompaña a los personajes: no parecen tener un destino o un sentido de vida. Algunos se lanzan a la búsqueda de los desaparecidos, siguiendo pistas más bien dudosas, otros cambian de rumbo sencillamente porque esa mañana sintieron deseos de dejar todo atrás. Los cambios radicales no tienen por lo general una explicación plausible en las novelas de Bolaño. Ni tampoco las actitudes que se acercan al heroísmo o a la abyección, ni las variaciones en el humor, ni el surgimiento o la extinción del amor, ni nada que la burguesía considere importante. Sus personajes se mueven y no parecieran hacerlo por las razones que lo haría gran parte de la gente.
La obra de Bolaño entonces se transforma en una minuciosa cartografía donde se hallan trazadas las trayectorias de estos personajes, desde el instante en que son percibidas por el radar de su pluma hasta que desaparecen a menudo sin dejar rastros. Mirando estas cartas sinópticas nos preguntamos qué ocurre, qué misterio nos atrapa cuando tenemos, por ejemplo, 2666 en las manos. ¿De qué modo se suman o se superponen en nuestra mente estas trayectorias para incentivarnos a seguir leyendo, como si no tuviéramos límite para absorber una y otra y otra más?
Quien busque razones que justifiquen conductas no las va a encontrar. Quien busque personajes de una coherencia indiscutible tampoco los va a encontrar. Quien desee identificarse del todo con uno de ellos, es muy posible que salga defraudado. Sólo vemos las estelas que va dejando su paso por las páginas. Cada una tiene un tono particular y son miles y se entrecruzan y forman un tejido de intrincada trama.
Al estudiar estos mapas podríamos sospechar que Bolaño, como decimos en buen chileno, le pone con pala. Pienso en Detectives Salvajes y esa cincuentena de historias que se hallan en el centro del texto. La única relación existente entre ellas es la presencia real o velada de Arturo Belano o Ulises Lima. ¿Aparte de eso, qué? ¿Qué tiene que ver Luis Enrique Rosado, un elegante profesor de literatura que se enamora de Piel Divina, bisexual, drogadicto y ladronzuelo que termina muerto a balazos, con el periodista que desafía a la muerte en medio de la guerra civil de Liberia o con los jóvenes que viajan en una combie a través de Francia con destino a las plantaciones de naranjas en Valencia?
El mapa de rutas que empiezan en cualquier lugar y de pronto se interrumpen puede despertar confusión, que es semejante al miedo al desorden, a la infiltración de la culpa, al temor al desenfreno, al pavor a desintegrarse; o bien se puede sentir indiferencia, nacida de una imposibilidad de encontrar algún patrón lógico a esa maraña de curvas y fragmentos, dibujada por una mano en apariencia insegura. O, por último, se puede experimentar asombro. Esto nos ocurre a quienes admiramos a Bolaño.
Si fijamos la vista en la trama, surge de ella una figura tridimensional, o llamas formadas por los filamentos, o un espectro holográfico, o sentimos que nos alzamos del suelo, como si flotáramos, como si fuéramos de nuevo niños y saltáramos sin miedo sobre esta red firme que forman las trayectorias de los personajes de Bolaño. La red nos sostiene, nos eleva, nos arropa, nos hace reír, nos sirve de hamaca y nos despierta acariciados por mil pares de manos de los mil personajes que han desfilado por algún lugar del mundo novelesco. Por decirlo en una frase, nos hace sentir libres. Nuestra vida puede ser esta, la que ahora llevamos, y mil otras, puede cambiar en cualquier momento, es cosa que nos decidamos a hacerlo, o que dejemos espacio al azar y cambie el rumbo que alguna vez creíamos inmutable. Y cuando surge esta figura que nos llena de asombro, también nos hace sentir leves. Ninguna de nuestras decisiones es tan definitiva o tan trascendental. Y nos hace sentir librados de un destino único y definitivo. Nuestra vida está hecha de circunstancias, no de culpas. De sucesivas posibilidades, no de sucesivos encarcelamientos.
Detectives Salvajes en cierto modo me cambió la vida, al dejarla proclive a su libre deambular más que a obedecer mis expectativas. A ser una curva bella como las que observamos en la naturaleza y no un vector intransigente.
En buenas cuentas, la lectura me hizo sentir compasión por mí mismo, y lo digo en el mejor sentido del término, y apenas notarlo supe que era la compasión que Bolaño sentía por sus personajes.
Bolaño no entra en las razones de por qué hacemos las cosas, nos contempla sin emitir juicio, acompañándonos, compadeciéndose. Creo que él mismo se consideró fruto de una carambola del destino, el resultado azaroso de la experiencia, una vida en que una sola convicción permaneció intacta: el valor de la literatura. Y más que una convicción, fue un sentimiento: el amor por la literatura.
Esta mirada tiene un especial valor para la sociedad chilena, que ha pensado de sí misma por siglos que cuna y sepulcro se corresponden y que el camino entre una y otro está predeterminado. Y no me refiero solamente a cosas de clase: el ya manido encierro entre cordillera y mar nos tiene acostumbrados al anquilosamiento, a vivir rodeados de chilenos, a sentir que nacimos aquí para morir aquí, que nuestro mundo -familiares, amigos, trabajo, incluso prensa, políticos e Iglesia- tiende a no cambiar.
Los personajes de Bolaño no siempre terminan bien, pero no por eso sus vidas dejan de ser valiosas, interesantes, sujeto de ser narradas. Al rescatar estas vidas mínimas y azarosas, Bolaño nos rescata a todos. Nos perdona. La literatura nos perdona. La literatura es la religión de los pecadores, de los escépticos, de los extraviados. La literatura nos salva, ahora, mientras nos movemos aquí en la tierra.