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La Barrera del PudorComo la última noche que Ezequiel y yo dormimos juntos. Habíamos decidido separarnos de una vez hacía dos semanas, pero yo me demoré en partir. Parecía un acto tan definitivo, pese a no ser más que una conclusión natural. Continuamos durmiendo en la misma cama incluso después de aceptar que nuestro matrimonio había terminado. Luego de días sin hablarnos, creí que nos diríamos algo tan simple como “cuídate” o “si necesitas algo, llámame”, o que por fin lloraríamos juntos. Él se metió a la cama primero, con un libro en las manos. Su boca, vencida y triste, dibujaba una curva interrogante. Apagué mi luz y él apagó la suya enseguida, en contra de su costumbre. Me tomó una mano bajo las sábanas, gesto que no nos habíamos permitido en esos últimos días. Tuve la intención de decir “te quiero”, pero antes de pronunciar esas palabras que en realidad acarreaban otros significados –adiós, perdóname, tengo miedo–, me detuve a pensar qué sentiría en el caso inverso: si él dijera “te quiero”. Me habría parecido absurdo. No había nada que decir. No debía decirse nada. Tomarnos de la mano era un límite que no podíamos cruzar.
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La razón de los amantes
Minutos antes de la hora, la multitud los ha hecho avanzar y no están a más de cincuenta metros de la orilla. Miles de cabezas proliferan a su alrededor. Los cuerpos no se ven. El suelo no es más que una idea. Se oyen carcajadas. Hace calor. Martina mira seria hacia el mar asida al cuello de Manuel. Laura lo toma de la mano. Las ama, piensa, lo aman, tienen un futuro juntos, son la mejor de las familias. Olas de rumores recorren la muchedumbre, de pronto las cabezas se orientan en un sentido y luego en otro, como si de esa dirección fuera a provenir la primera luz del nuevo milenio. Se siente deseoso de existir, es Diego quien ha muerto en su corazón. El griterío que acostumbra a despertar una riña concentra las miradas en un punto. Sólo unos cuantos alcanzan a ver lo que realmente ocurre. Ha llegado la hora, los gritos se mezclan con silbidos, todos miran hacia el cielo, un tiro explotará sobre sus cabezas y les dará la bienvenida al futuro. Todos se unen a la algarabía, Manuel grita, Laura grita, Martina bate su mano en el aire. Un grupo más allá rebota como un enorme pistón. Las sirenas de los barcos largan a sonar. Se oye el primer disparo. Un gigantesco paraguas dorado se expande y desciende sobre los rostros iluminados. Un espasmo recorre la multitud y comienzan los abrazos, los descorches. Manuel abraza a Laura y a Martina, convencido de su amor; se besan, Laura suelta un par de lágrimas. Es el turno de abrazar a quienes los rodean, las explosiones se suceden y una cascada de luz se precipita al mar desde el molo principal. La oscuridad del siglo anterior ha desaparecido y ahora es pleno día entre ellos.
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Madre que estás en los cielos
Mientras hablaban sus hermanos, sus ojos negros absorbían la luz en vez de reflejarla. De su mirada surge por lo común la esperanza, sin ningún pudor ni el menor sentido de la realidad. Tantas veces vi apagarse ese fulgor ingenuo, contrariado por la agresividad de la vida, pero cada vez volvió a brotar milagrosamente. En ese momento su mirada parecía no hallar su generosa fuente. Una de mis tareas antes de irme, consistirá en dejar el camino abierto para que el brillo retorne a esos ojos. Para mí será una forma de inmortalidad.
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Santa Lucía, Vidas vulnerables
Pasé por el lado del tipo y me interné entre los arbustos. Él me siguió un metro más atrás. El rugoso tronco de un pimiento se presentó como el lugar apropiado. Apoyé mi espalda contra el árbol y el hombre se detuvo a corta distancia. Mi olfato, en estado de alerta al igual que los demás sentidos, percibió el peculiar aroma de su perfume. Gran cantidad de vaho salía tanto de su boca como de la mía. Otro largo instante transcurrió antes de que alguno se aventurara al primer contacto. Casi simultáneamente sacamos las manos de los bolsillos y comenzamos a tocarnos. De lo que sucedió a continuación recuerdo su respiración agitada, los besos endurecidos, los goterones y la ansiedad de sus manos.

